CUARTOS PROPIOS PARA VOLAR: Narrativas y Poesía en la Producción hecha por Mujeres en Bolivia

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Mientras los caballeros preparaban sus discursos en la vida pública. Mientras abrían sus plumas de pavo real en la testera, o en los despachos de gobierno, para discutir el destino del país, un silencio bailaba en las habitaciones. Privados aposentos donde la vida de la mujer se desenvolvía como un mundo aparte en la intimidad.
Desde el tocador, se discutían las tareas inmediatas del hogar, se bordaban los amores y se administraba la economía de una casa. A puerta cerrada, ella empezó a viajar con la lectura de las primeras novelas de folletín que venían junto a la sección de cosméticos o cocina en los periódicos del siglo XIX.
Hacia la década de 1870, empezaría a levantarse un debate sobre la emancipación y educación de la mujer, a nivel mundial. . Medios escritos de Europa fueron oportunidad para que las mujeres empezaran a conocer los debates del momento. Escaso número de mujeres, preferentemente de la élite, pudo acceder a estas publicaciones, pues buena parte de la población era analfabeta.
Bajo la influencia del positivismo y el romanticismo europeo que prescribía en su filosofía la inferioridad femenina, Bolivia aún preservaba la idea de que la mujer poseía un gran corazón mas no un pensamiento. El feminismo de Vindicación de los Derechos de la Mujer (1792) de Mary Wollstonecraft, Los Derechos de la Mujer (1791) de Olympe de Gauges y La subyugación de la Mujer ( 1869) de John Stuart Mil, habrían despertaron el fervor de amas de casa. Por lo cuál la población estaba asustada de una posible rebelión.

Pese a promover la igualdad de clases y libertad de cultos, el liberalismo, al igual que el republicanismo, continuó preservando la diferencia de castas, la segregación del indígena y la discriminación hacia la mujer, pues la religión, la ley y el Estado eran tan sólo patrimonio del hombre blanco.
Qué aburrido para la ama de casa resultaba leer las noticias, por aquel entonces, cuando en verdad era más fascinante convertirse en la heroína de una novela, donde se ponía en evidencia su condición subordinada o su potencial. Cartas y los diarios fueron los espacios confesionales donde se desenvolvieron las damas del siglo XIX. Independencia desde el cual podían escribir los pensamientos prohibidos a pesar de padecer una condición jurídica dependiente aún de un tutor padre o marido.
La obra de la ensayista, activista y esposa del presidente, Narciso Campero, Lindaura Anzoátegui, retrató intencionalmente arquetipos de mujeres abnegadas, frágiles, sumisas o crueles por las circunstancias de su sociedad. Sus personajes desprecian dos instituciones la iglesia y la democracia electiva; la primera porque controla a su género y a la segunda, por excluirla del voto universal.
Otro obstáculo para la emancipación femenina fue el poder de la iglesia y del púlpito que conminaba la labor de las mujeres a la maternidad y al hogar. Pese a que en los estudios femeninos se incorporó el bachillerato, una mayoría interrumpía su aprendizaje por tradición familiar. Antes bien pervivía la sentencia de que la mujer que trabaja desciende de status.
En denuncia a la hipocresía social y el lado ornamental de las mujeres en un mundo dominado por hombres, estuvo la maestra, poeta, periodista y ensayista, Adela Zamudio. Siempre en cuestionamiento al llamado “sexo fuerte”, puso en tela de juicio los roles asignados por una sociedad, que solo da educación y cargos de poder a los hombres, mientras que utiliza a las mujeres como objetos de negocio y transacción matrimonial. A su vez, criticó la hipocresía de la Iglesia y de servicios públicos, sin evitar ganarse un considerable número de enemigos de por medio.
A fines de este siglo empezaría a contemplarse la construcción de planteles de instrucción para niñas de la élite urbana, aunque con la negación del conocimiento científico. Aunque cabe resaltar que , la educación media y superior fueron tan sólo accesibles a una pequeña porción de la élite masculina en Bolivia.
El siglo XX habría sido inaugural para la mujer trabajadora. Bolivianas que al quedar excluidas del matrimonio o del convento, habrían empezado a explorar su libertad. Lejos de la capilla religiosa, la primera rebelde empezaba a abandonar la devoción de los altares por la vocación de encontrar un destino personal en la oficina, o en la enseñanza.

Virginia Estenssoro es la primera rebelde que con un peinado de garcon, maquillaje pronunciado, amores ilícitos a su espalda, y actitudes provocadoras de intelectual, desafió a la sociedad. A través de sus poemas, artículos periodísticos y novelas, buscó su propia reivindicación en una sociedad que no tenía lugar para mujeres como ella. Manifestó así una preocupación por la muerte, fuerza por encima de la fragilidad de la vida. Una introspección al cadáver en descomposición del hombre que amó, así como el hijo que no llegaron a tener se hace piel en su escritura. Asimismo ve la función de la lectura en la vida de las mujeres, como elemento diferenciador que las engrandece, pero las confina a la soledad.
Cambios empezó a experimentar la mujer, durante el periodo de modernización de las ciudades, desde el segundo decenio del siglo XX. Si la boliviana había sido la custodia del hogar en el sXIX, la aparición de solteronas sería la oportunidad para la vida laboral. Mujeres trabajando en casas comerciales, así como maestras son los primeros oficios que aparecen.
Las primeras escuelas de educación femenina, así como las becas para formar maestras en Chile, emergieron. Se planteaba por entonces la posibilidad de una “Universidad Femenina”. La escuela comercial de Señoritas, así como la de Enfermeras ya eran instituciones que aportaban en la formación.
De igual modo, a través de revistas femeninas, sindicatos y recortes de periódicos, se desarrollarían distintas clases de lucha de la mujer. El crecimiento industrial y artesanal de La Paz, con la mejora de servicios públicos en luz eléctrica, alcantarillado, pavimento, telegrafía y telefónica, junto a oleadas de migraciones europeas, traerían los movimientos obreros y sindicales, encabezados por mujeres.
En la obra poética de Alcira Cardona Torrico se ilustra el sufrimiento de la mujer minera y de la clase obrera, a través de la incertidumbre de un mundo que parecía sólo conceder privilegios a los ricos. No es de extrañar que por estas épocas, los sindicatos anarquistas y de izquierda como la FOF (Federación Obrera femenina) dieran voz y voto a grupos de comerciantes, cocineras y orfebres de las clases trabajadoras. Asimismo, las mujeres mineras jugarían un rol importante en los sindicatos de los pueblos.

Las señoras de pollera pertenecientes a estas organizaciones dieron a la convivencia fuera del matrimonio un nuevo contenido. Se manifiesta en ellas una forma de rebeldía contra las normas de la sociedad y del Estado. Trascender la maternidad y la vida doméstica, serían las primeras intenciones de mujeres intelectuales, por otro lado. La Cruz Roja Boliviana, la aparición de centros artísticos culturales como el Ateneo Femenino darían muestra de ello. Revistas como Femiflor y Eco Femenino empezarían a tratar la ciudadanía de la mujer y las fallas en la legislación boliviana. (Medinacelli, 1989: 56)
Más adelante, la guerra del Chaco pondría a prueba la fortaleza de mujer. Del sonido de las máquinas de coser, los rosarios interminables y los enseres domésticos, las mujeres salieron al mundo de la calle, para desempeñar labores, entre 1932 y 1935.
Hilda Mundy manifiesta un retrato de la mujer boliviana, en los primeros decenios del siglo XX. Aún sumisa y decorativa, es sin embargo animada a pronunciarse en su vida cotidiana y matrimonial. La crónica roja no escapa a la mirada de esta observadora que tiende a escarbar en el absurdo de la guerra y sus consecuencias. La guerra del Chaco, la mujer y la ciudad van a ser así preocupaciones en el cuarto emocional de Hilda Mundy, cuyo nombre real fue Laura Villanueva Rocabado.
Cuando el conflicto bélico del Chaco terminó, se quiso reinsertar a las mujeres a sus labores domésticas, al despedirlas de las posiciones laborales que habían logrado alcanzar. Como el nacionalismo de “reconstruir un país” surgió después del retorno de los combatientes, el 14 de junio de 1935, se vio a la madre abnegada como artífice de la Patria y el Progreso. Así que no resulta azarosa la intuición de Mundy sobre la pasividad de la mujer.
Se exigió que los puestos administrativos sean de nuevo ocupados por hombres desmovilizados. A pesar del intento de relegamiento femenino, el proceso de conquista de los derechos civiles intentó darse durante el gobierno de David Toro, en 1936, donde la mujer podía ejercer profesión o “industria lícita” y ocupar las funciones y cargos.

Yolanda Bedregal hace su aparición. La curiosidad ante la fragilidad de la vida, la religión y la incertidumbre hacen escena en su poesía. A la par, el nacimiento de su hijo y la necesidad de criar a un niño en un mundo violento, la mantienen alerta, sin perder la esperanza de un mundo mejor junto a la infancia.
En el congreso de 1938, en el mismo gobierno de Toro, junto a varios magistrados, mujeres discuten sobre su inclusión ciudadana y del indígena en la vida política. Poco o nada logró esclarecerse. .
Es a finales de los 40, donde pocas mujeres letradas y de la clase alta podrían apenas emitir su voto en las urnas. Por esta etapa, el romanticismo de la poeta orureña Milena Estrada retorna a la vida y su preocupación por el instante donde ella era unidad con la naturaleza. Poco o nada parece importarle la participación de la mujer en la vida política, porque su integración al mundo es universal.
En 1951, 29 mujeres se declararon en huelga de hambre por buscar su inclusión en las urnas electorales. Dentro de la primera etapa del proyecto político, las barzolas participaron en el MNR, al formar comandos de resistencia. Tras ganar en las elecciones el partido, y al ser frustrada su victoria por la Junta Militar Presidida, en una segunda etapa, barzolas encabezaron una insurrección. Participación que sólo duraría poco hasta la consagración del MNR, que las llevaría a ocupar cargos subalternos en el gobierno, como lo cuenta Lydia Gueiler y Rosa Lema Dolz.
La situación no cambiaría demasiado hasta finales de la década de los 60, tras el derrocamiento de Víctor Paz Estenssoro, con el golpe de estado de René Barrientos. A excepción de la participación de unas cuantas mujeres en la guerrilla del ELN de Ernesto Che Guevara, y las movilizaciones estudiantiles universitarias, las demás aún viven en la pasividad. No obstante, los aires de la revolución estudiantil del 68, en México, Praga, Berlín, Madrid y las revoluciones anticolonialistas en el África, inundan de romanticismo revolucionario a las mujeres. La lucha equivale al amor de todos los días y su crecimiento.

Es a la entrada de los 70, donde Blanca Wiechuchter aparece. El porvenir de Bolivia, y la conformación de su identidad se traza en una poética, que a partir de la alegoría y la imagen, reconstruye sus heridas histórica. Buscando siempre en la ciudad, en sus recovecos, y en sus memorias entrepapeladas de cemento y progreso el nombre de los nombres que devuelva una dignidad al país. A su vez, la escritora alemana boliviana navega en su cuarto hacia la construcción de sí misma, es decir, de su propia historia, indagando en los misterios.
Matilde Casazola, en un cuarto de bailes y huayños celebra la maravilla de vivir como una peregrina entre las cosas pequeñas. Del mismo modo, enaltece de manera sutil la revolución obrera y estudiantil que buscaron por la década de la insurgencia la reivindicación de los sectores oprimidos de América Latina. La fe en una nueva Bolivia, así como la evocación del desamor, son el enlace que la cantautora crea con su música y sus versos.
Entre los años 70 y 80, transcurre una sociedad liberal donde los intereses de una clase media burguesa, de extrema derecha militar, privan de libertad de expresión y de derechos básicos a una población. En esta década se ensalza al macho alpha que pisa fuerte con sus botas, al desintegrar los hogares que piensan diferente. Las mujeres de este periodo son estudiantes, revolucionarias, o amas de casa temerosas de no ver a sus esposos de regreso, tras las barricadas, detenciones y ejecuciones sumarias de los gobiernos de turno.
Norah Zapata Prill es la viajera que en los años setenta y ochenta se instala en los distritos urbanos y rurales, al fundirse con piedras y minerales de los asentamientos terrestres. Una búsqueda arqueológica de sí misma persigue en sus metáforas. El cuarto de esta autora viaja desde el musgo a la maleza, y desde la maleza a los cables eléctricos de la ciudad, para caminar por el asfalto y lograr que el amor, la nostalgia y la redención regresen como una necesidad, en tiempos de alerta.
Gaby Vallejo narra en su cuarto vidas que se separan por las circunstancias, pero la historia las une en su rueda, para ponerlas en contienda, o bien reconciliarlas. Personas opuestas, cuartos donde los actores se enfrentan a realidades y épocas que ponen a prueba sus atributos o miserias. Es la retratista que por excelencia es capaz de pincelar a través de sus personajes periodos y momentos históricos del país, con la precisión de Balzac.
Georgette Camacho es la ensayista, profesora y novelista que a través de la exploración de tradiciones, mitos y conjugación de ideologías crea mundos posibles.

Marcia Mogro habla de la ciudad como un habitante más. Un organismo vivo que respira a través de una comunidad imaginaria de personas. Conversa con el amor y la muerte, los reconcilia y a su vez los pone en conflicto para hacerlos renacer en la naturaleza. El amor es un actor trágico y shakespereano en su poesía. Desde su habitación, hace que dance con la muerte y beba de su sombra para estremecerse.
Tras la llegada de la democracia en 1983, la década del 90 respira una sociedad neoliberal. La ciudadanía casi ha olvidado la dictadura, y poco o nada recuerda de las luchas por la democracia. La economía del país es privada y las industrias tienen un intercambio comercial con el exterior. Las mujeres aún viven en la comodidad sedentaria, sin la posibilidad de explorar otros ámbitos, como lo hicieran en periodos de opresión y rebelión. Surge en este periodo una escritura introspectiva que va en pos de una liberación personal.
María Soledad Quiroga recrea en su cuarto a los fantasmas de una ciudad. Presencias que deambulan en elementos atmosféricos, urbanos y arquitectónicos. De pronto la urbe, a través de su materia sensorial, transporta angustias, pasiones y miedos de sus habitantes. A su vez, es una memoria de las cosas que transitan en ella. También, desde un claustro, la autora dibuja en la piedra la metafísica de la vida religiosa.

Mónica Velásquez busca el nombre de los nombres, su identidad gemela y el enigma de la vida en su poesía. Exhaustivo ejercicio de recrear temores y búsquedas de trascendencia, utiliza los mitos para darles cuerpo a través de situaciones cotidianas. Se arriesga a escarbar en el dolor, de explicarlo a través de tradiciones literarias, de buscar su lado reverso y de traspasarlo al verbo.
Paura Rodríguez es la insaciable demoledora de la memoria. La escritora de las sensaciones viscerales y sensibles, donde la piel y cada uno de los órganos del cuerpo hablan de tiempos pretéritos. Órganos que van vaciándose hasta rellenarse de nuevas formas en el tiempo.
Zulma Montero es la poeta de los colores, formas y sonidos en cuartos donde la infancia danza en una cajita musical de inocencia. Las cosas son en su cuarto, por primera vez, descubiertas como recién nacidas al trasluz de las imágenes y formas que van quemando las etapas de la madurez.
María Cristina Botello posee una poesía humanista y panteísta. Busca en su escritura explorar las relaciones interpersonales, sus contradicciones así como su reencuentro con la naturaleza.

Virginia Ayllón da voz a búsquedas femeninas en la contemplación de sus fantasmas y anhelos. Reproduce sensaciones viscerales y colectivas. La escritora y crítica literaria es a su vez la intimidad que se traduce en necesidad y desahogo tras las convenciones del decoro y el recato.
Luisa Fernanda Siles da cuerpo y vida a la historia a través de sus personajes. Pone en crisis instituciones y actores y los lleva a cuestionar el sistema. Así indaga una sociedad donde las convenciones morales y culturales manifiestan una naturaleza perversa. Héroes postergados, perseguidos por gobiernos de turno por el sólo hecho de ser diferentes, o ámbitos de corrupción son los que dan el ingrediente perfecto para crear intriga y reflexión en su narrativa.
Sisinia Anze explora el lado reverso de la historia. Posibilidades no imaginadas, pero sí contadas desde el juego de la palabra con mucha maestría y solidez. Así los dictadores, los mineros, los trompetista y personajes del cotidiano vivir se entremezclan para jugar.
Verónica Ormachea recrea la migración judía y su participación en el país, así como épocas del nacionalismo donde el país parecía perseguir sueños que serían desmentidos más adelante por la historia.
En un viaje por ciudades, encuentros y desencuentros, personajes históricos e imaginados en suburbios jamás sospechados, la narrativa de esta autora es un ejercicio sobre el azar y la contingencia. Beatriz Navia es la escritora de las latitudes geográficas, la que imagina amores a través de viajes donde todo puede ser posible, y a la vez es destino.

Rosario Aquim recrea de la utopía de sí misma y de su origen en la selva de una Riberalta que se desplaza a distintas latitudes de su memoria, al cobrar la forma de sus actuales preocupaciones. Así, la poeta es la reinvención geográfica de un lugar de añoranza por el intercambio de nuevas experiencias.
Rosario Barahona Michel explora las confesiones y secretos detrás de cada familia, a través de su narrativa íntima.
Emma Villazón surge a finales de la primera década del 2000. Fue una poeta crítica con su tiempo, con los discursos e imposturas culturales que surgen en las ciudades posmodernas. En su segunda fase, filosofó sobre el leguaje, buceó entre las latitudes de las palabras, se preguntó sobre el ejercicio de escribir y asumió el riesgo de perderse en la lejanía para dejar un legado sorprendente a las nuevas generaciones.
Desde el 2000, un nuevo milenio neoliberal, aparecen voces que están en descontento con su las circunstancias políticas, sociales y sexuales. En tiempos de un gobierno pseudo socialista, la pantalla de las redes virtuales abre palco a escritoras con preocupaciones sobre el amor, la vida, la religión, el sexo y la historia. Liliana Colanzi, Ada Zapata Arriarán, Adriana Lanza, Jessica Freudenthal, Micaela Mendoza Hägglund, Lucía Rothe, Melissa Sauma Vaca, Carla Reyes, Albanella Chávez, Adriana Mercado, Marcia Mendieta, Nelly Vasquez, Rebecca Tartakovsky, Cinthia Arispe, Jessiva Velarde, Ana Medinacelli, Joana Vittoria, Camila Vargas, Daniela Gonzales, Lu Carvallo, Claudia Pardo, Claudia Peña, Noelia Arancibia, Marianné Palacios, Rocío Bedregal, Valeria Canelas, Milenka Torrico, Magela Baudoin, Camila Urioste, Janina Camacho, César Antezana, Diana Taborga, Paola Senseve, Iris Ticona, Pamela Romano, Lourdes Reynaga Agrada, Marcela Gutiérrez, Joan Villanueva, Mónica Navia, Isabel Suárez Maldonado, Rosario Barahona, Elvira Espejo, Fernanda Verdesoto Geraldine Ovando, Anahí Garvizú, Patricia Gutiérrez son una muestra.

Desde el “cuarto propio” la mujer va construyendo durante décadas su independencia, al plantearse sobre su rol en el mundo y las posibilidades de ampliar más sus horizontes y derechos, con el acto de leer y escribir. El desafío fue desprenderse con los años de la musa y asumir el rol de una heroína antisistema. Sólo así logró conquistar espacios de autonomía a través del lenguaje y la construcción de mundos propios. Por que escribir es viajar y vivir otras vidas, como decía Virginia Wolf. Así el cuarto propio es en Bolivia la consagración de un espacio privado, donde se construye un manifiesto, desde el cuerpo.

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Acerca del autor

Carolina Delia Hoz de Vila Guzmán nació en La Paz, en 1983. Fue periodista ocasional, chica de call center, poeta de la vida cotidiana en antologías y un primer poemario. Obtuvo un título de maestría en literatura, que lo cuelga de adorno en su sala de estar. Hoy es profesora, cantante y pianista de vocación, al tratar de capturar latidos y belleza, en cosas pequeñas.

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