Hacia Campos Abiertos

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I.

Antes que nada quiero agradecer muy cordialmente la invitación al Goethe-Institut La Paz y también decir gracias a ustedes por su interés. Me alegra mucho poder estar aquí en Bolivia. Ya conozco México y Guatemala, pero nunca antes estuve en Sudamérica, ni tampoco a tanta altura. Así que para mí todo esto es doblemente emocionante. Espero que también yo pueda darles algo nuevo y que en este taller podamos aprender mucho el uno del otro.

Desde hace doce años trabajo como redactora en la revista cultural online "Perlentaucher".[1] Como también en el caso de muchos otros periodistas culturales mi trabajo se despliega en distintos ámbitos: soy redactora y autora, trabajo como crítica para novelas policiales y como traductora; durante los festivales de cine en Berlín informo sobre la Berlinale, y de vez en cuando doy seminarios de crítica del cine en universidades.

Acerca del "Perlentaucher" (la revista) quisiera hablar mañana con más detalle, para mostrar cuánto se puede lograr en internet y con recursos bajos. Por hoy sólo quiero adelantar lo siguiente: la revista ha sido fundada en el año 2000 por Anja Seeliger y Thierry Chervel y es una de las pocas refundaciones en internet originalmente alemanas. A la redacción pertenecen en el momento cinco trabajadores fijos y algunos otros colaboradores. Tenemos alrededor del millón de lectores al mes, lo cual, comparado con las páginas alemanas más exitosas como Spiegel Online o Zeit Online es poco – el Spiegel tiene doscientas veces más, la Zeit veinte veces más. Nosotros atendemos a un nicho.

Pero el "Perlentaucher" es una revista muy exigente. Nuestros lectores son mayormente académicos que trabajan en periodismo, en las universidades o en el área cultural. El "Perlentaucher" es muy influyente en cuanto a su función de intermediario. Tenemos nuestras propias columnas de cine, críticas de novela negra, comentarios de poesía, ensayos y blogs. Pero sobre todo proporcionamos resúmenes de prensa diarios, resumimos reseñas de libros. Revolvemos blogs, revistas internacionales, emisoras de radio y los archivos de la televisión en busca de enysayos y reportajes interessantes.

Los lectores encuentran en nuestra página lo que nunca hubiesen buscado por su cuenta. Los autores se alegran cuando recomendamos sus artículos que, si no, no hubieran recibido mucha atención. Ofrecemos cada día lo más importante de los diarios y añadimos un abanico de textos propios y referencias a otras páginas cuyas temáticas van de la cultura de élite pasando por grandes debates políticos hasta llegar al pop; es decir del cuarteto de cuerdas al nuevo video de Miley Cyrus, obituarios y ensayos al respecto de Gabriel García Márquez, debates acerca de las prácticas de monitoreo de los servicios secretos norteamericanos o también reportajes del África. Lo que no puede encontrarse para nada en nuestra página es política diaria ni tampoco chismes; pues eso ya lo hacen los demás.

Hacemos periodismo cultural en el internet.[2] Y estas páginas culturales tienen un significado propio muy especial en Alemania. No tenemos grandes revistas culturales como los Estados Unidos o Gran Bretaña. Allí se publican semanal o mensualmente revistas como el New Yorker, Atlantic Monthly o la London Review of Books y The New Stateman, y en ellas escriben escritores, críticos y destacados periodistas grandes ensayos y reportajes. Creo que en los medios hispanohablantes este tipo de escritos se encuentran en los suplementos de fin de semana; eso conozco por ejemplo de El País Semanal. En Alemania estos textos se encuentran en las páginas culturales. Y, eso sí, cada día.

 

II.

Las páginas culturales son el centro impreso de la vida intelectual; casi todas las polémicas intelectuales se llevaron a cabo aquí. Aquí se creó el canon cultural, aquí la burguesía creó su gusto y su juicio. La aristocracia tenía sus palacios y salones, la burguesía tenía desde la Revolución Francesa sus salones de café y el ‘feuilleton’. Autores clásicos como Heinrich Heine o Ludwig Börne ya escribían en él, también Siegfried Kracauer y Walter Benjamin. Con fuerza intelectual críticos dictaban sentencias; con rabia y desprecio, con amor y pasión, con conocimiento y experiencia, con seriedad y belleza. Sin embargo, había desde siempre una regla no escrita: el humor y la elegancia del crítico debían ser bálsamo para las heridas que él mismo había abierto. 

Los grandes críticos de los periódicos disfrutaban de un alto prestigio, ganaban mucho dinero y se consideraban en serio, y en realidad con razón, como papas y como grandes duques. Eran injustos, dominadores y vanidosos, pero también descomunalmente inteligentes y cultos, y sabían escribir de maravilla.

Entre ellos, los críticos no se regalaban nada, durante casi doscientos años se maldecían e insultaban recíprocamente, como hoy en día ningún bloguero se atrevería a hacerlo. Se volvió legendaria la pelea entre los dos semanarios hamburgueses Spiegel y Zeit. Se decían cosas como “habladurías espantosas de maestro”, “funcionarios culturales de cara pálida”, “caserón de habladurías asqueroso”, “sapo cuadrangular”.

En las páginas culturales no se tratan solamente los artes, sino también las ciencias y la vida intelectual, filosofía y estética, ciencias naturales y técnica, política y el día a día. Se conducen debates grandes e importantes en las páginas culturales: debates históricos acerca del rol de Alemania en la Primera Guerra Mundial y acerca del Nacionalsocialismo; además se debate en las páginas culturales acerca del acuerdo europeo, el capitalismo, el islam en Europa, las revelaciones de Edward Snowden, las protestas en Venezuela y el legado de Hugo Chávez.

Las páginas culturales no solamente ofrecen un espacio para los ensayos grandes y las sentencias definitivas, sino también para el género chico, para glosas, columnas y cuentos breves. Para lo juguetón, lo no serio y lo experimental. Siempre tenía mucho peso, pero también mantenía siempre una forma abierta y muy libre. Robert Musil, el gran novelista vienés, en sus glosas de los años 1920 se rompía la cabeza sobre si los caballos saben reír. Hoy en día las páginas culturales del periódico alemán más destacado, la Frankfurter Allgemeine Zeitung, imprimen el canto del ruiseñor o a lo largo de cuatro páginas la secuencia completa del genoma humano.

En los años veinte del siglo 20 el crítico cultural vienés Karl Kraus acuñó la frase tan conocida en Alemania: “Escribir en las páginas culturales significa rizar el pelo de una calva.”

Otro crítico, Alfred Polgar, decía en aquel entonces: “El periodismo cultural es un nada, pero en papel de seda.”

 

III.

Eran tiempos grandiosos, pero han pasado de una vez por todas. El internet ha deparado a los periódicos el cambio de estructura más grande de todos los tiempos. La introducción de la radio y la televisión juntas no han tenido tan grandes impactos al paisaje mediático. Pues, tanto la radio como la televisión se yuxtapusieron a los periódicos y las revistas, pero el internet no sólo suplirá a los medios impresos, sino que también la radio y la televisión se unirán al gran mundo digital.

Los medios impresos pierden de forma dramática lectores y anuncios. Anualmente periódicos y revistas pierden un diez por ciento de ingresos publicitarios; esto significa que desde el año 2004 los ingresos se han dividido por la mitad y para ese entonces también la fuente de ingreso principal de los periódicos había desaparecido, es decir, los anuncios de empleo y de bienes raíces. Los tirajes no bajan continuamente sino de golpe y sin poder preverlo: en un año los tirajes bajan en un por ciento, el año siguiente en un doce por ciento. En contraataque y por desesperación los precios suben cada vez más, de forma que se venden incluso menos periódicos.

Las pérdidas enormes tienen que compensarse naturalmente con medidas de ahorro. Debido a que periodistas eran muy privilegiados durante mucho tiempo y recibían sueldos altos, era posible y también comprensible realizar ciertos cortes. Hace 25 años un líder del departamento podía ganar 250.000 euros al año y para colmo recibía un coche oficial, una secretaria particular y se cubrían todos sus gastos de forma ilimitada. Hoy un periodista recién contratado recibe 25.000 euros. Es decir, la décima parte. Evidentemente, tiene menos vacaciones y menos ventajas, pero sobre todo ya no puede viajar y tiene tiempo escaso para investigar y reflexionar.

Los medios impresos, es decir los periódicos y las revistas, han perdido su base económica. Por supuesto que el fin de los periódicos no tiene que abocar al fin del periodismo. Hay periodismo muy destacado en la radio y en la televisión como por ejemplo el canal cultural franco-alemán arte. Sin embargo, nuevos modelos de negocio en internet no han terminado de crear una base para el periodismo digital. Las Paywalls funcionan para periódicos especializados como el Wall Street-Journal o Financial Times, pero no para un periódico regional; algunos ePaper funcionan en una Tablet, pero no en el Smartphone. Las editoriales han puesto todas sus esperanzas en las aplicaciones para Smartphones que, como las i-tunes salvaron a la industria de música, debieron salvar al periodismo. Steve Jobs murió y con él le falta a la industria no sólo el gran inventor, sino también el mánager que hubiese podido volver a convertir a los medios en un modelo rentable.

Es necesario que durante los siguientes días sigamos hablando con mayor detenimiento acerca de la economía del internet y nuevos modelos de negocio, la constante revolución de la tecnología. Nadie sabe qué traerá el futuro, por ahora no sabemos ni siquiera cómo será el periodismo dentro de dos años. Pero viendo los años pasados en retrospectiva podemos decir aproximadamente qué definitivamente ya no marchará.

En cuanto a su economía, el periodismo ha perdido bastante, pero también ha ganado mucho. Antiguas jerarquías se han disuelto, estructuras fijas se han dinamizado y ahora los lectores y las lectoras son tomados en serio por los periodistas. Es por esta razón que quiero esbozar brevemente los cambios y los desenvolvimientos del periodismo cultural durante los últimos años.

Me gusta mucho el título que lleva el taller. En Alemania nadie habla de migración digital. Cuando nosotros hablamos de la transformación actual de los medios, en su mayoría hablamos de cambio y de destrucción: todo se descompone, lo antiguo desaparece. En el mejor de los casos se cita al economista Joseph Schumpeter y a su noción de “destrucción creadora”. En todo caso nos estamos atascados en un gran campo de escombros. Tiene algo  muy poderoso, pero al mismo tiempo desalienta, desampara e inmoviliza.

También la migración se relaciona con pérdidas. Cuando uno se va, deja mucho atrás, también lo que se valora mucho y lo que se aprecia o quiere. Pero se parte con maletas livianas y se gana algo nuevo. Con la esperanza de un mejor futuro uno va hacia campos abiertos. Eso implica asumir riesgos y seguramente no siempre sale bien. Pero deja espacio para nuevas experiencias y cierta ansia de aventuras.

Desde hace 25 años el periodismo está de peregrinaje; más específicamente, desde que Tim Berners-Lee ha inventado en el laboratorio CERN en Ginebra la World Wide Web. En este tiempo tan breve ha superado varios niveles, ha atravesado barrancas oscurísimas, pero también ha logrado subir cimas maravillosas.

 

IV.

Al inicio estaba la Web 1.0. Entonces, casi todos los medios publicaban todo su contenido en la red, completo y sin costo alguno. Desde luego, era leído por un número muy bajo de lectores. Era imposible encontrarlo: todavía no se había fundado Google y, de todos modos, sólo expertos y periodistas hacían uso de internet.

Básicamente el internet funcionaba como la radio en sus comienzos: se leía en voz alta el periódico del día. El “Perlentaucher” empezó de esta forma. Avisábamos a la gente qué decían los periódicos, qué daba en la televisión y cuál libro debían comprar. Tenemos, como  ya lo mencioné anteriormente, un público bastante académico y en realidad a nuestros usuarios no les gusta el internet. Lo usan sólo de forma reticentemente.

Pero esos primeros tiempos del internet han dado lugar a una incisión grave: han roto las barreras de lo nacional. De repente era posible leer, además de los periódicos y las revistas del propio país, también el Guardian, Le Monde y El País. Hasta entonces solamente había periódicos extranjeros en la estación de trenes o en el aeropuerto. Si uno quería leer New York Times en Alemania, una suscripción costaba 1000 euros al mes. Solamente jefes de redacción o gerentes de grandes empresas podían disfrutar de tales privilegios.

De repente el New York Times estaba accesible gratuitamente para todo el mundo en la red. Se trataba de una sensación que cambió el mundo mediático de una vez por todas. Pues la gente ya no permitirá que le quiten eso: la libertad de elegir en todo el mundo lo que uno puede leer. Nadie ya quiere leer solamente su periódico local. La gente está dispuesta a pagar para la información. Quizás ya no paguen por suscripciones diarias de periódicos, sino solamente por artículos aislados o por cierto cupo; quizás también por todo un paquete de medios internacionales. Pero ya no pagan por un periódico, al que tuvieron que suscribirse por el solo hecho de ser la única gaceta del lugar.

De esos tiempos sobrevivieron sólo pocas páginas web, y sobre todo eran aquéllas que tenían una idea simple pero sagaz: por ejemplo Arts & Letters Daily, que enlazan cotidianamente a los tres artículos más interesantes del mundo anglosajón: un gran ensayo, una reseña y un artículo interesante acerca de un tema cultural o intelectual. La estructura de la página es muy sencilla, tres columnas interminables, pero si uno ha leído sólo uno de los tres artículos se puede considerar un tanto más listo que antes.

También la página Slate.com proviene de aquellos tiempos. Ha sido comprada hace varios años por Washington Post y desde entonces ha cambiado bastante su interfaz. Desde entonces, ha vuelto más entretenida, pero quizás también más liviana. Sin embargo, sigue teniendo autores y aportes muy buenos en cuanto a política internacional, el internet mismo y debates sociales. En Francia, algunos periodistas de Le Monde o Libération han creado nuevas páginas que me gustan mucho: por ejemplo la versión francesa de Slate.fr. O la página Rue89.com, que equipara la caída del muro de Berlín de 1989 al internet libre, de ahí el nombre. Esta página provee una mezcla variopinta y viva de artículos y aportes de debate. Además, hay el portal de investigación meritorio Mediapart, enteramente político, cuyo uso tiene un costo pero que provee excelentes artículos de trasfondo. Es parecida a la página de acceso gratuita Pro Publica en Estados Unidos.

En Alemania hay muy pocas refundaciones y mucho menos en el ámbito cultural. Los periódicos tienen, sin duda, su espacio online, pero casi no han surgido medios nuevos. Alemania nunca ha sido demasiado eufórico en lo que concierne el internet, ni los periodistas ni los lectores. En este sentido, los alemanes son más bien conservadores. Están apegados a sus periódicos, sus editoriales de libros y sus instituciones tradicionales. Aparte del “Perlentaucher” también se originó por ejemplo la página Lyrikline que reúne un gran tesoro de poemas maravillosos de todo el mundo, que además están grabados en voz original del autor. Además hay, por supuesto, la traducción y explicaciones. Amo esta página, pero es algo muy específico.

Luego vino la Web 2.0 y rompió todos los diques. Surgían miles de blogs, lectores comentaban los periódicos, foros discutían sobre películas y acontecimientos políticos. Los periódicos lo odiaban y no sabían qué hacer con ello. Perdían sus anuncios, pero no ganaban ningún dinero en internet. Estaban en el medio de una situación de pérdida asegurada: el que soltaba sus contenidos en internet perdía compradores, el que no los soltaba perdía atención y relevancia.

La mayoría de los periódicos se sentía desamparada y reaccionaba a la defensiva. Fundaban propias páginas Web que compartían nada más que el nombre con la edición impresa. Se trataba de versiones baratas de los periódicos. Los redactores eran mal pagados y no recibían suficientes recursos como para hacer buen periodismo. Los periodistas se convertían en Content-Provider (proveedores de contenido) y cuál era ese Content (contenido) daba igual. Había que generar clics y no importaba cómo éstos se realizaban. Sin orden ni concierto se ponían  noticias de agencias a la red, RR.PP. (relaciones públicas), chisme, crucigramas y naturalmente galerías de foto.

En las universidades se introducía el Periodismo Online como carrera y se enseñaba a los estudiantes que los lectores no saben concentrarse mucho online. Luego de un párrafo necesitarían supuestamente una imagen, luego de dos párrafos una galería de fotografías. Al final del texto había un juego de premio.

Los periódicos impresos publicaban, por el contrario, artículos largos y detallados acerca de la vulgaridad del internet y la bajeza de los blogueros. Y aunque varios blogueros se presentaban al inicio de modo bastante agresivo y hostil, han contribuido a bastante renovación. Los periodistas, en contra, se presentaban como malos perdedores.

Lo revolucionario de la Web 2.0 era que el monólogo periodístico se convirtió en un diálogo. Hasta entonces los redactores jefes comentaban la situación mundial en la primera página, el jefe de economía la cotización de las acciones y el crítico daba el juicio final acerca de la nueva cinta de Lars von Trier o Wes Anderson, acerca de la nueva novela de Michel Houellebecq o la última novela de Roberto Bolaño. Pero de repente respondían los lectores: hacían notar errores o también interpretaciones simplistas, aprobaban, sabían algunas cosas mejor o incluso insultaban al autor. Tanto lo que concierne el lado bueno como el lado malo: de repente el crítico o el editorialista ya no tenía la última palabra, sino el lector.

El hecho de que el lector sea capaz de comentar artículos de periodistas o también los textos de críticos, significaba el fin de la actitud de arquero que muchos críticos tenían antes. Una ofensa enorme para los periodistas. Escritores reaccionaban a reseñas de sus libros, directores de cine respondían a críticas. Lo que muchos escritores consideraban una ofensa era en verdad una conversación, aunque un poco ruda.

Los lectores ya no se contentan con la opinión del crítico del periódico local. Tienen acceso a cientos de críticas del país y del extranjero, y sobre todo tienen ganas y también el derecho de participar en el debate.

La página de teatro Nachtkritik.de muestra cuán fructíferas pueden llegar a ser esos debates. Se trata de una de las mejores páginas culturales en Alemania. Apuntaba desde sus inicios a la charla con los lectores y los trabajadores culturales. Ya la mañana siguiente luego de la presentación puede leerse la crítica en la red –ésta se escribe durante la noche, de ahí el nombre. La crítica es veloz y espontánea y no pretende ser el juicio último. Los directores y los actores están invitados explícitamente a responder. Y realmente contestan.

Al mismo tiempo, surgieron en todo el mundo miles de blogs culturales. En estos blogs no escriben sólo amas de casa acerca de las películas románticas más lindas o jóvenes aficionados de Star Wars. Y aunque así fuera: no hay nada en contra de que aficionados escriban sobre sus películas preferidas. Por ejemplo, encontré alguna vez links bastante útiles a versiones cinematográficas de la BBC en la página del Jane-Austen-Club.

Pero no sólo los aficionados escriben blogs. Al contrario. En los Estados Unidos los críticos de cine más reconocidos escriben ahí. Pues son ellos los que primero sufrieron las consecuencias de la desaparición de los periódicos y fueron despedidos. También arquitectos, diseñadores, críticos de música, traductores y escritores fundaron blogs maravillosos:

Una de mis páginas preferidas es Open Culture administrada por Dan Colman de la Universidad de Stanford: cada día publica objetos culturales hallados en internet, una lección en video de  Michel Foucault, ponencias de Toni Morrison o Albert Einstein, la reproducción de un manuscrito medieval o la grabación del concierto de Bob Dylan. Claro que el Blog se concentra bastante en los Estados Unidos, pero es muy inspirador porque nos muestra cuánta cultura puede hacerse online.

Hay muy buenos blogs de cine, como por ejemplo Observation on Film Art de David Bordwell y Kristin Thompson, los dos científicos del cine más influyentes de los Estados Unidos. O Some Came Running del crítico de cine Glenn Kenny (nombrado según una cinta de Vicente Minelli). También me gusta mucho The Rest is Noise, el blog del crítico de música Alex Ross, que escribe muy vivamente sobre música clásica. El blog de arquitectura Dezeen es invencible en su ámbito.

En Alemania no se crearon muchos blogs tan importantes, sólo algunas páginas aisladas y simpáticas en las cuales traductoras escriben acerca de su batalla con el idioma alemán o escritores dan cuenta de su lectura de Proust. El escritor Wolfgang Herrndorf tenía un blog bastante conmovedor que llevaba el nombre de Arbeit und Struktur [3] donde escribía hasta su muerte de cáncer.

Lo que más hay en Alemania son blogs de cine, la crítica de cine es el género cultural más vivo tanto en internet como en los periódicos. Aunque los periódicos cada vez más se limitan a las grandes producciones y ponen menos temas propios. Los éxitos de taquilla de Hollywood se comentan de inmediato, pero no necesariamente la retrospectiva entorno al director chileno Alejandro Jodorowsky.

Lo que no hay para nada son blogs acerca de música clásica. Y esto es, en varios sentidos, una señal de crisis: el público de la música clásica ha envejecido. Cuando hoy voy a la filarmonía en Berlín se presentan artistas jóvenes, pero en el público soy con mis 44 años una de las más jóvenes. Y aquí siguen siendo los papas de la crítica los que mandan, o mejor dicho la papa. La música clásica está amenazada a fosilizarse en cuanto a su estructura y a su personal. No ha podido encontrar un lenguaje ni una forma de mediación modernos.

Así pues, expertos y aficionados ahora escriben paralelamente, pero la frontera ya no se ubica obligatoriamente entre los periódicos y los blogs. Y no queda dicho que críticos profesionales escriban con más conocimiento acerca un objeto que aficionados. Pero también manifestaciones no reflexionadas de una opinión no son ilegítimas.

Los blogs han aportado sobre todo mucha dinámica al periodismo: los blogs son mucho más espontáneos, veloces, más despreocupados y más abiertos que los medios impresos. A través de links hacia otras páginas incluso fomentan un errar desconcentrado, a cambio se sirven con gusto y bastante despreocupación de otros. Pero a veces también siguen un tema con mucho más detalle, obsesión y continuidad que periodistas o críticos. Por otro lado, no explican nada: el que no conoce o no entiende algo debe googlear. Nadie se siente responsable de la formación de sus lectores. La agresividad de los inicios ha disminuido bastante, pero los blogs siguen siendo mucho más discutidores. Y les encanta romper las reglas.

El lenguaje es más veloz y más acentuado, más chistoso y a veces también más rudimentario, pero no forzosamente. Los unos lanzan veneno, pero, a cambio, los otros aportan ensayos sutiles acerca de las películas de Jean-Luc Godard.

Pero no se puede decir que los blogueros sean más maliciosos que los folletinistas (redactores culturales), sólo que escriben de manera más directa y menos táctica. Sin embargo, hubo tiempos en los cuales los duques del periodismo cultural alemán hablaban en artículos de página entera muy mal y con envidia el uno del otro. Especialmente grave en ese sentido fueron los años ochenta, pero si hoy en día se pregunta a los colegas acerca de ello, recuerdan los bellos tiempos con entusiasmo y lágrimas de conmoción en los ojos.

Mientras tanto, también ha pasado el tiempo bravío de la Web 2.0. Pasaron por suerte los tiempos del periodismo online barato. Es que, a fin de cuentas, los periódicos peligraban perder de relevancia. También pasaron las terribles pugnas entre los medios impresos y los medios digitales, o entre periodistas y blogueros, puesto que el periodismo online ha mejorado cada vez y los periodistas de periódicos tenían que reconocerlo. Por otro lado, los periodistas online tenían que reconocer cuán razonable era una institución periodística poderosa.

Lo que permanece, es la disolución de antiguas jerarquías y autoridades. Pues, por más libres y sueltas que parecían las páginas culturales del periódico, allí imperaba una jerarquía como en el vaticano. Los papas y grandes duques de la crítica pertenecen al pasado. Un buen crítico hoy ya no es quien cultiva del modo más injusto posible su amor-odio, sino quien escribe con conocimientos de la materia y sentido artístico sobre su objeto. Y quien puede, al mismo tiempo, moderar: es un buen crítico el que enlaza y debate, el que se busca un público y lo toma en serio.

Pero también pasaron los tiempos bravíos porque las redes sociales domesticaron a los blogueros. Ahora llegamos a la Web 3.0 y muchos se contentan con escribir pequeños posts en Facebook o Twitter en vez de escribir blogs propios. Las redes sociales tienen la ventaja de que los usuarios ya no tienen que ir a la página misma, sino que la gente puede recibir los posts o tweets en su propia página. Pueden reaccionar de forma mucho más inmediata, pueden darle un ‘me gusta’, compartir o comentarlo. 

De esta manera, los blogueros que divagaban por ahí y de modo libre se han vuelto a integrar, también podría decirse que han sido domados. Twitter y Facebook no permiten el anonimato detrás del cual muchos francotiradores se escondían. Ofensas e insultos han sido remplazados por “Likes” benévolos. Se trata de una cultura de lo positivo, quizás también de lo conformista. Pues ahora los periodistas no están solamente enlazados con sus lectores y lectoras, sino también con sus colegas, sus superiores y también con sus rivales. Ya no se puede quedar mal: smile or die (“sonríe o muérete”) es el nuevo lema.

Esto significa para los periodistas que los lectores se proveen de otro modo con su información y sus lecturas. Por supuesto, hay varios que ya están lo suficientemente ocupados con su página de Facebook o su stream de Twitter. Pero en realidad esto significa que la gente ya no lee un periódico completo de adelante para atrás, sino que leen por ejemplo el comentario del periódico A, el reportaje de la revista B, la crítica del Blog C y miran en Buzzfeed las 29 fotografías de gatos más dulces.

Por ahora no puede estimarse qué importancia tendrán en el futuro las aplicaciones para Smartphones o Tabletas. Los medios ponen mucha esperanza en ellos, ya que les permitirían nuevamente, aunque sea de modo digital, presentarse como un espacio completo y cerrado, incluido anuncios publicitarios. Y la gente está dispuesta a pagar por ello. Hasta la fecha las editoriales de periódicos no se han manifestado al respecto, lo cual hace sospechar que por ahora las aplicaciones no se han desarrollado de tan buena forma como esperado. ¡Si hubiese buenas noticias, seguramente ya las habríamos escuchado!

Quizás pueda lamentarse que en muchas aplicaciones ya no haya la opción del comentario, y también creo que no es tan fácil compartir un artículo desde una aplicación. Pero no soy una entendida en esa materia. Sea como sea, sería lamentable perder la forma abierta y dialógica del periodismo que había logrado integrar a los lectores tan positivamente.

Pero, evidentemente, se ha hecho notar que la gente ya no usa el internet solamente en sus oficinas, sino constantemente. También en la calle y sobre todo de noche. Antes la gente trabajaba con su PC o su Laptop en el escritorio y terminaban su jornada laboral a las cinco de la tarde. Hoy la gente usa su Tableta en el tren, el café o encima del sofá. Ahora ya no basta informarlos, hay que ocuparse de su entretenimiento vespertino.

 

V.

Los medios, el periodismo y las páginas culturales cuentan 25 años convulsionadas y probablemente tienen la misma cantidad de años por delante. Quizás, la revolución se convierta en estado permanente o, para volver a la imagen de la migración, quizás sigamos de peregrinaje perpetuo.

Mirar al futuro se ha convertido en una tarea completamente imposible para el periodismo digital. El internet no conoce la Historia (con mayúscula), le da igual qué pasó ayer. Y no conoce el futuro, sólo le interesa el presente. Nadie sabe qué será pasado mañana. Podemos planificar hasta mañana. Ensayar. Experimentar. Las verdades de ayer ya no tienen validez. Google ha sido fundado hace apenas 15 años y hoy es el consorcio más poderoso del mundo. Pero también AOL o MySpace fueron relevantes en su tiempo. Y quién recuerda todavía Second Life? Un juego que durante algún tiempo se consideraba tan significativo como para especular cómo se podían cambiar las riquezas ganadas a dólares. Hoy ya a nadie le interesa.


Es importante recordar los siguientes tres aspectos.

Primero: El espacio público se ha fragmentado. Ya no existe la burguesía de una ciudad que lee el mismo periódico, o el entorno social que se forma en torno a las páginas culturales. La gente revuelve salvajemente la red mundial y busca lo que le interesa, lo que colegas recomiendan o a lo que sus amigos ponen un “me gusta”.

Segundo: Junto a la digitalización, las estructuras mediáticas se han dinamizado enormemente. Cada dos años aparece una nueva generación de procesadores que permite nuevos aparatos (o quizás obliga su aparición), nuevos Gadgets, nuevos Widgets. Esto siempre significa nuevos formatos periodísticos o culturales.

Tercero: Las antiguas jerarquías se disipan. El periodista ya no es el único guardián de la información. Ya no tiene el acceso único al conocimiento ni tampoco los medios exclusivos para difundir sus saberes y sus opiniones. A veces sus lectores y lectoras tienen el mismo conocimiento o incluso saben más, y lo dicen. Sobre todo los lectores y las lectoras han ganado algo extra. En la actualidad, el periodismo está obligado a tomar mucho más en cuenta las necesidades de los lectores que las necesidades de los periodistas.

Sin duda alguna, también los periódicos y las revistas en tanto instituciones periodísticas están empezando a desmoronarse. Para la sección de política y economía esto tiene impactos mucho más graves, ya que para sus investigaciones necesitan el poder y la protección de grandes instituciones. Trabajando individualmente y cada uno por su lado, ni diez mil blogueros podrían rendir lo que realizan en cuanto a esclarecimiento New York Times, Guardian o el Spiegel. Buen periodismo en esas secciones necesita instituciones fuertes y cuesta dinero. Para un reportaje de una temática del extranjero un reportero debe viajar durante dos o tres semanas a Afganistán o Venezuela. Eso cuesta 20 o 30.000 euros. Por su economía inexistente, el internet nunca podría llegar a producir ese tipo de periodismo.

Desde luego, la imagen del periodismo cultural es un poco diferente. Evidentemente, también un crítico tiene que recibir un buen sueldo y tiene que estar bien equipado. Pero recibe el libro a reseñar de la editorial y entra gratis al teatro o al cine. Nadie lo obliga a escribir online de modo más superficial, sin criterios propios o sin juicio. No hay obligación de solamente aprobar o reprobar una cinta y luego preguntar a los lectores qué opinan. También un juicio reflexionado puede invitar al lector online al debate. Con sentencias subjetivas y arbitrarias uno solamente pierde de importancia.

El hecho de que la gran parte de la crítica de cine se ha desplazado al internet, no tiene que ser la razón por la cual ha perdido de peso y juicio. También puede ser su consecuencia.

Pero, evidentemente, a comparación con los reporteros políticos, los periodistas culturas deben experimentar de modo muy diferente con los nuevos formatos. No pueden estar fuera de la cultura y dar sus juicios. Así, se paralizan a sí mismos y también a su crítica. Los periodistas culturales están obligados a trabajar con las formas que pertenecen a la cultura del presente. Es que forman parte de esa cultura. Y, dicho sea de paso, solamente como parte de esa cultura pueden mantenerse en movimiento.

Me imagino que durante los siguientes días hablaremos con mayor detenimiento acerca de la economía del internet y sobre cómo ha cambiado el perfil de trabajo de los periodistas culturales, qué formatos son necesarios y útiles, en qué consiste buen periodismo cultural y cómo pueden llegar a unirse la red y la cultura. Les agradezco por su atención.

 


[1]Nota de la traductora: el título de la revista es bastante elocuente, podría traducirse como "buceador de perlas”.

 

[2]Nota de la traductora: en alemán llamamos “Feuilleton” a las páginas culturales de un periódico, término francés que significa traducido “papelito” aludiendo al folletín que aparece desde el siglo 19 diariamente en los periódicos alemanes y contiene textos culturales.

 

[3]Trabajo y estructura.

 

 

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