Cine
 Fecha:14/08/2010

El Origen


El Peor de los Pecados
Por Ada Zapata Arriarán

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"He cometido el peor de los pecados/ que un hombre puede cometer/ No he sido feliz/ Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados.", dice Borges.  La frase libera en la incertidumbre, una empresa irrealizable, una idea imposible, la felicidad. Un  movimiento leve, un gesto generoso podría salvar de la insolvente mezquindad. La misteriosa parálisis, la triste cobardía es el primer síntoma del deseo insatisfecho.  En Buñuel (Bella de Día o El Oscuro Objeto del Deseo) una caja cerrada se abre de espaldas al público revelando el baile de un secreto. Los mafiosos, los inhumanos seres, festejan la perversa inmoral visión. El Origen es la clave, indescifrable para cada ser humano, encerrada en lo profundo del mar del inconsciente, atrapada en la caja negra del deseo. El punto ciego del deseo inoculado de muerte. 

Así empieza el film. Botado por las olas, traspasado de un mundo  otro, DiCaprio, el visitante,  se presenta ante el hombre viejo con un objeto imposible. "Te conozco de un sueño mal recordado" dice el hombre cansado (Ken Watanabe),  mirando pesadamente un amuleto que gira. Emocionante reminiscencia  borgiana que desata la frívola aventura de acción. Agil placebo de un ensayo del sueño y sus instrumentos de escape. Si Borges prefiere el descanso del tiempo, el tono de la pausa y el silencio para elaborar la metáfora, El Origen, impaciente, destornilla el relato mostrando sus cartas. Menos surrealista en la forma, práctica,  racional y lúcidamente. 

El espectador bien puede elegir naturalizar el misterio o romantizar la terca realidad, mirando a su vez la caja negra de la pantalla grande, con la misma fascinación lasciva.  La película o nos habla de la desrealización del  hombre que intuye que la realidad ha dejado de existir....o por el contrario, nos habla del hombre que ha borrado los límites del asombro, colonizando el sueño para  destruir sus selvas, infestándolo de la industria de la  realidad.

Si los sueños están hechos de la materia de la realidad, (y no al contrario, “estamos hechos de la misma materia de los sueños”, decía Shakespeare); sobre la marca registrada, no queda mucho por contar entre espías y ladrones, ¿no lo cree?


El Origen está entre la puerta de marfíl, y las puertas del cuerno, sugeridas por la griega mitología. La de marfíl de donde llegan los sueños falsos, supérfluos y engañosos que nos envuelven. La del cuerno por donde salen los sueños clarividentes y verdaderos que nos asustan.

Si el espectador prevalece en la historia policial, el el final feliz del héroe sólo puede ser un sueño y es así como se realiza plenamente, tal  es la ambigua sensación que deja la interminable vida del tótem que gira  atrapado en la última escena como una ficción. 

Guiño gracioso del director (Christopher Nolan), su sencilla puesta en abismo. Para afirmar que todo es mentira o que verdaderamente todo es un sueño dentro de otro sueño.  Larga seria la caída para el verdadero despertar del héroe, que  no comprende que incluso en la vigilia,  para nosotros es un personaje en la ensoñación de la pantalla. Paradoja también para  el femenino "Mal", que como imagen no se sabe reencarnada por su bella actriz en otra película, La Vida en Rosa. Endemoniado mal que no deja hacer el bien; sombra del soñante, que sabotea toda ansia y mortal apetito.

En otro sentido, rasgo interesante de El Origen es su singular versión platónica.  Donde “la idea” es más pura y real que el lugar del cuerpo, y “las  resplandecientes proyecciones” de la vigilia,  nos persiguen en los sueños. Donde los dobles parecen los seres originales y los originales se  olvidan.

Ficción cinematográfica, donde  los muertos nos visitan o nos siguen inquebrantable y pacientemente en los sueños, y mil años transcurren en un instante. Donde   recordamos vívidamente, replicando ciudades y geografías personales, donde todo universo se desmorona. En la película también podemos habitar o atrapar el recuerdo. Nos transfiguramos, o se disfrazan ante nosotros los impostores, como seres amados. Todo para jugar al gato y al ratón, en el tortuoso laberinto del bello  "minotauro". La idea engendrada, remota, incontrolable,  asombrosa, decide el mundo del soñante.

Finalmente siguiendo el hilo de Ariadna, encarnado por la joven Ellen Page nuevamente encasillada  en el rol de geniecilla precoz, la clarividencia toma la  comoda forma de la lucidez de la arquitecta. Todos los elementos oníricos están sembrados para la recolección, de la mano de Teseo que no es otro que DiCaprio acompañado de sus sagaces secuaces.

Y como en la Casa de Asterión de Borges, el miedo,  es decir el minotauro transfigurado es fácil cómplice de la fábula.  Se deja asesinar. Asterión, ese recinto, casa, laberinto, mundo que como el sueño en El Origen está repleto de puertas. Pasadizos, habitaciones, y corredores movedizos, donde vive atrapado  el eterno  minotauro  que es Mal,  (Marion Cotillard) esperando que el amado Teseo la asesine y la libere.
 

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