Sociedad
 Fecha:24/06/2010

SAN JUAN


Un nuevo sentido a la costumbre
Por Katherine Fernández

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Tener que despojarnos de una costumbre como San Juan que antaño reunía a la familia, a los amigos, a los vecinos, compadres y comadres en torno a una mágica fogata llena calor, mitos, recuerdos y rituales, es totalmente injusto.

Si se habla de contaminación ambiental, los países contaminantes de acuerdo al Protocolo de Kioto son los más ricos e industrializados aunque sus chimeneas estén en terceros territorios y Bolivia es parte de esa economía tóxica apenas como dependiente de sus créditos y consumidora del modelo a  escala mínima, así que si los 10 millones de habitantes bolivianos dejáramos de comprar, al mundo no le afectaría absolutamente en nada, ningún índice económico movería sus indicadores y no habrían estadísticas notorias en las bolsas de valores fuera de este país.  Por otra parte el dejar de quemar en la noche de San Juan, significaría evitar el humo en un 0,000016 % con respecto a las emisiones diarias de gases contaminantes de todo el mundo (nótese la cantidad de ceros a la izquierda de la coma calculados en base a los datos del Informe de Desarrollo Humano de la ONU).

De acuerdo con el Programa Nacional de Cambio Climático: “…en Bolivia las emisiones (de gases contaminantes) son de 46 millones de toneladas anuales, de las cuales San Juan emite menos del 1%.”

Entontes es razonable pensar como dice la gente “…qué le hace una noche de tradición, si nuestro país no es culpable de la destrucción de la vida en el planeta…”. 

Sin embargo, el sacrificio de una tradición, considerado por la literatura mundial como un doloroso acto de desmemoria – comenzando por José Saramago, que desde hace dos días no respira más nuestra contaminación pero deja su blanco fuego ardiendo en nuestros ojos desde su Ensayo sobre la Ceguera – significa también una acción por la vida para que cuando nuestros niños nos pregunten qué hicimos nosotros para evitar que ellos se queden sin agua, sin tierra y sin aire, tengamos por lo menos algo con qué mitigar la complicidad en la destrucción planetaria.

NOSTALGIA Y DESAFÍO

La tradición de San Juan no tiene ni siquiera un siglo de existencia y tiene componentes entremezclados que nuestros padres y abuelos poco saben explicar.  Simplemente tenemos que las fogatas son para dar calor en la noche más fría del año a Juan Bautista, el santo marcado en este día por el calendario católico.  En la historia precolonial, la celebración principal se concentraba en el solsticio de invierno marcado más o menos tres días antes como el Willkakuti, o año nuevo andino directamente relacionado con el movimiento del sol y los ciclos de la naturaleza, y no incluía el uso de fuego.

Las costumbres que tanto nos están costando cambiar son: la fogata como tal, la watía o cocido de papas, yucas, camotes y ocas en las cenizas del amanecer, los bailes y saltos sobre el fuego, la pirotecnia que cada año deja sin deditos, manitos y con quemaduras a muchas niñas y niños. Los sucumbés y té con tés que no sería necesario abandonar y por último las salchichas, una costumbre alemana que se ha incorporado a la celebración gracias a la hábil promoción de la industria del embutido.

Entonces el resumen o reciclaje de la tradición de San Juan es un desafío para esta generación porque necesita sustituir el fuego por otro tipo de calor, para seguir conservando el motivo de la reunión.

TRADICIÓN, POLÍTICA Y CULTURA

Solamente algunos municipios y gobernaciones del país prohibieron las fogatas y los juegos pirotécnicos este año, después de que en anteriores gestiones se intentara muy tímidamente sensibilizar a la población. Ahora la espectativa estará en la aplicación de las leyes autonómicas que se están estrenando en esta nueva etapa política en que los bolivianos damos la bienvenida a nuevos instrumentos para gobernar.

Sin duda, estamos ingresando a un tiempo de abstinencia, que por ahora es sobre una simple tradición pero que en la adultez de los niños de hoy, será sobre elementos de vida debido al encadenamiento de acciones negativas que consiste la emisión de gases que ocasiona el calentamiento global, que ocasiona el deshielo de los glaciares, que ocasiona la pérdida de agua dulce para los seres vivos.

Este tiempo de abstinencias simbólicas dan lugar a la construcción de una política de vida, desde la individualidad de la persona hacia la institucionalidad de la familia, la vecindad y la ciudad. Las políticas de vida configuran cultura y la cultura se hace todos los días, porque no es suficiente recuperar lo pasado, sino dar constancia de lo que ahora estamos haciendo como seres humanos.

Una consecuencia natural de una política es convertirse en la base de la tradición y es importante que sea una tradición digna de conservar y consolidar para que no muera.

Si la cultura es una forma de vida, estaremos también construyendo modelos de vida que se pueden proyectar hacia el mundo enfrentando el cambio climático desde un David que es Bolivia frente a un Goliat que es el Neoliberalismo, a quien verdaderamente debemos sacrificar.
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