Literatura
 Fecha:13/11/2017

Los Decapitados de Ivan Gutierrez
Incluye un fragmento de la Novela
Por Miguel Carpio

Ivan Gutierrez
-Ivan Gutierrez
Ivan Gutierrez

 

“El auto esforzándose para no detenerse en la carretera. Una carretera vacía, oscura. Ella y él siguiendo las líneas del recorrido de ellos, de Los Decapitados. Cuando lo decidieron, en algún momento después de enterarse de la separación, los dos quisieron internarse, meterse al juego, rastrear las presas como cazadores”.

No es casualidad que Los decapitados comience así, en una carretera vacía y oscura, con un auto esforzándose para no detenerse. Una carretera vacía en la que cada uno de ellos, Pablo, Felipe, Sofía, Arturo, están solos, tratando de seguir adelante al mismo tiempo que avanzan a tientas, estirando los brazos e intentando no estrellarse contra ningún muro ni caer a ningún abismo.   

“Quisieron internarse, meterse al juego, rastrear las presas como cazadores”. Girando en torno a la planificación de un asesinato, el grupo de Los invisibles –conformado por Felipe, Pablo y Sofía- deciden poner un rumbo a su hasta entonces viaje sinsentido. Transmutando la admiración por el odio, estos tres personajes deciden destrozar ellos mismos a su ídolo de barro, adelantándose al tiempo y a las primeras grietas que acababan de descubrir.

Los decapitados transcurre, de esta manera, en un universo de búsquedas eternas, búsquedas sin un algo específico para encontrar; todos sus personajes caminan con los ojos vendados, estrellándose entre ellos mismos e intentando sobrevivir a esa danza de sujetos sin cabeza, sin saber exactamente por qué o para qué aspiran a hacerlo.

Buscando distintos refugios o escondites, huyendo de sus pasados, sus presentes y rehuyendo a sus futuros, el grupo de Los invisibles decide castigar al líder del grupo punk Los decapitados, Arturo Borja, sin entender que, en realidad, él había terminado por caer en el mismo hueco del que ellos intentaban salir.

“No sé, solo me paré frente al micrófono y escupí unas letras que habíamos escrito cuando todos estábamos borrachos”, declara Arturo en una entrevista, al tiempo de anunciar la separación del grupo.

De esta misma manera, con ese mismo instinto ciego y arrollador, es que Felipe y Sofía deciden emprender el viaje en busca de la estrella de rock, sin saber para qué y ni siquiera teniendo un por qué claro, seguros solamente de que emprenden un viaje que, seguramente, no tendrá retorno, dejando sus confesiones, pensamientos, temores y obsesiones como único rastro de su paso por este mundo ficcional.  

La novela retrata a sus personajes de manera introspectiva, introduciendo al lector en el mundo interior de cada uno de ellos, produciendo que, del mismo modo, el lector vaya descubriendo distintas facetas y rostros de sí mismo, reflejado en esta historia de peregrinos sin cabeza.

Finalmente, más allá de cualquier explicación o interpretación de la obra, Los decapitados cumple, sencillamente, uno de los propósitos más elementales y, por desgracia, más olvidados hoy en día: acercar al lector a sí mismo y al mundo a través del viaje instintivo de la ficción.  

 

 

Fragmento 

Link de descarga del disco

https://soundcloud.com/los-decapitados

 

ANTES

Felipe Granado colgó el teléfono. Eran las diez de la mañana de un día caluroso. Eran los primeros días del mes. Habló con su hermana. Ella, la Granado mayor, estaba en otro país. Trabajaba y hablaba con Felipe, y él ya lo tenía todo pensado. Comenzó a pensarlo cuando escuchó hablar a Arturo Borja sobre despedidas y últimas giras. No le contó nada a su hermana, le dijo lo de siempre y, mientras hablaba, asumía el presupuesto del viaje, preparaba la partida, el recorrido y la vuelta. Según sus cálculos tardarían unas dos semanas, y si se mantenían dentro del margen podía volver con algo de dinero. Sobrevivir hasta los primeros días del siguiente mes, hacer la misma llamada y todo volvería a ser como antes. Entonces se concentró más en la conversación, en eliminar los indicios de cualquier sospecha. Al colgar se sentía liviano y dio vueltas por la habitación. Miró por la ventana. Sabía que él podía lograrlo, sabía que las limitaciones no eran muchas y decidió no pensar en ellas. Se excitó con la idea de un Arturo Borja muerto, con los titulares de los periódicos, con las reediciones de discos y grandes éxitos. Comenzó a planear, a establecer una idea básica que le permita llegar, hacerlo y escapar. Los tres puntos primordiales. Comenzó a transformarse poco a poco, mutando en algo o alguien que todavía no sabía qué o quién era. Se quedó mirando por la ventana y recordó algunas cosas en las que ya no pensaba. Había leído que en alguna parte del mundo se comían monos vivos; el restaurante donde los servían tenía unas mesas con un hueco al centro que era del tamaño exacto del cuello del mono. Los clientes golpeaban la cabeza del animal hasta dilatarle los ojos, después el mesero la abría para dejar los sesos descubiertos y listos para ser comidos. Mientras mayor era el golpe mejor era el sabor. El mono no moría de forma inmediata, lo más probable era que siguiera vivo por un rato. Felipe lo recordó de repente, hasta que escuchó la caldera y se sirvió una taza de café. Volvió a la ventana y trató de congelarse en cualquiera de las imágenes de la calle. Recordó que el primer año de un perro equivale a veintiún años humanos, y que cada año canino posterior es de cuatro años. También recordó que la orina de los gatos brilla bajo la luz negra (ultravioleta), y que los ojos de los animales nocturnos pueden ver bien de noche debido a un compuesto blanco en la retina llamado guanina, sustancia que proporciona una superficie reflectora que hace que la luz rebote dándole a los ojos del animal una segunda oportunidad de absorber la luz de las imágenes. Es por esta luz reflejada que los ojos del animal parecen brillar en la oscuridad. También recordó que todas las termitas del mundo juntas pesan diez veces más que todos los humanos. Después no recordó nada y bebió su café.

Los datos curiosos lo habían atormentado, lo habían perseguido todo el tiempo. Había leído muchas veces el libro que olvidó su padre antes de irse, probablemente lo único que le había dejado. El libro era rojo y el título era de letras amarillas. Datos curiosos. Eran muchas hojas llenas de datos excéntricos, de alucinaciones constantes del padre, información que no podía comprobar o que tal vez sí, pero no le interesaba.

Felipe caminó hasta su escritorio, buscó el libro y se sorprendió por la fidelidad de su recuerdo, por la memorización absoluta de cada pasaje. Lo había leído muchas veces, se había internado en cada fragmento, en distintos periodos de su vida, pero nunca encontró alguna respuesta clara. Hay padres que dejan una navaja o una agenda, hay otros que dejan una biografía célebre o un diario, otros que dejan una golpiza y palabras fuertes en un escenario dramático. Hay muy pocos que dejan datos curiosos, porciones mágicas para tapar algo, algo que Felipe nunca intentó buscar y que tampoco encontró. Buscó un fragmento entre la página cuarenta y cinco y cuarenta y seis. Decía que la silla eléctrica fue inventada por un dentista, Harold P. Brown, y que el primer hombre ejecutado por electrocución fue William Kemmler, quien utilizó un hacha para matar a su familia. Esto pasó el 6 de agosto de 1890 en la prisión del Estado de Auburn, en Nueva York. Brown condujo varios experimentos antes de llegar a la versión definitiva. El equipo era de Thomas Alva Edison. De acuerdo con un reporte oficial, el procedimiento duró ocho minutos.

Felipe Granado llamó a Sofía. Hablaron un rato sobre los encargos que tenían pendientes. Entre los dos podían hacer bien las cosas, no había limitaciones y el uno complementaba al otro; eso les gustaba a ambos. Aunque Felipe era un tipo más paranoico, trataba siempre de dirigir cualquier situación, pero en el fondo esa actitud no molestaba a Sofía. El problema era otro, radicaba en un tercero: Pablo Ríos.

Pablo Ríos tenía un departamento en el centro de la ciudad. Su madre lo había abandonado y al poco tiempo su padre se fue al extranjero. Él y Felipe Granado se conocieron en la facultad y un tiempo después apareció Sofía. En algún momento los tres decidieron construir el grupo: Los invisibles.

Pablo Ríos intentaba levantarse de la cama. La noche anterior había vigilado a Humberto Suarez. Lo había seguido, había memorizado toda su rutina. A Pablo le gustaba observar, mirar sin ser visto, hablar poco y las películas de detectives. El trabajo de Pablo consistía en eso, averiguar las actividades cotidianas de sus clientes. Por lo general tardaba unas dos semanas, tiempo que él consideraba suficiente.

Humberto Suarez era arquitecto, amigo de un amigo de Felipe. Estaba casado, llevaba una vida tranquila y no tenía hijos. Su mujer se había ido con sus hermanas de viaje, recorría Europa con el dinero que les regaló su padre. Le contaron a Humberto sobre Los invisibles y decidió tomar uno de los planes que ofrecían. La primera vez que se contactó con ellos habló por teléfono con Sofía y su voz le pareció completamente seductora. Ella no dijo mucho, cerró el trató y sintió que Humberto estaba nervioso. Después de concretar todo, no supo más de ellos.

Felipe contestó la llamada de Pablo y quedaron en verse en dos horas. Sofía llegó tarde y decidieron hacerlo al día siguiente, cuando Humberto saliera para el trabajo. Primero entrarían a la casa. Esperarían hasta las seis, hora en la que Humberto regresaba. Felipe estaría en el baño y Pablo detrás de la puerta de su habitación, los dos encapuchados. Sofía esperaría en la calle, dentro de la vagonetita, y daría la señal cuando su cliente llegara. Después golpearían a Humberto, lo desmayarían y usarían el cuarto de empleada para tenerlo encerrado tres días. Pablo y Felipe tenían el tiempo suficiente para acondicionar la habitación. Retirar la cama, la mesa de noche y el pequeño ropero. Tapar todos los huecos por donde la luz podría filtrarse y acomodar un colchón en el suelo. Después Sofía entraría a la casa y esperarían a que Humberto reaccione. Al abrir los ojos, el arquitecto estaría encerrado en una habitación oscura, sin ruidos y sin indicios de que está en su casa. Todo comenzaría a desvanecerse en el miedo y en la excitación.

Durante los cuatro días, cada dos o tres horas Humberto recibiría una golpiza de un encapuchado, comería muy poco, la luz se prendería y apagaría periódicamente, escucharía gritos histéricos, no sabría si es de día o de noche y de vez en cuando pondrían un poco de música clásica. La única cláusula del contrato era que bajo ningún motivo las cosas se detuvieran. Todo tenía un inicio y un final bien preparado. Humberto aceptó y todo pasó como habían quedado. Siempre se pagaba por adelantado. Una vez que las cosas terminaban, el cliente despertaba en otro lugar de la casa y no sabía nada de Los invisibles.

Los invisibles se reunían en el departamento de Pablo Ríos una vez por semana. Tomaban cervezas y escuchaban canciones de Los Decapitados. A veces discutían y otras veces reían, fantaseaban con la idea de dar de baja al grupo, o de expandirlo por muchos años. Pablo Ríos no escuchaba mucho a Los Decapitados, prefería otro tipo de música. Sofía y Felipe los escuchaban todo el tiempo.

Aparte de la reunión semanal, Los invisibles no hablaban del grupo. Cuando tenían un cliente aumentaban las reuniones a los fines de semana.

 

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