Cine Boliviano
 Fecha:26/07/2017

Recordando a Mi Socio (Agazzi, 1982)
Los Caminos de la Vida
Por Marcelo Reyes L.

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El Vito, cuarentón, pintando algunas canas, está en el mercado, en algún lugar del Altiplano, no sabemos bien en donde, un pueblo chico, viendo, preguntando, paseando, está junto al Brillo, el niño lustrabotas de entre 11 a 13 años que ha adoptado como ayudante de chofer, para que lo acompañe en el trayecto Santa Cruz - La Paz, llevando una carga de huevos en el viejo camión Volvo que ha bautizado cariñosamente “Mi Socio”. Compran un cachorro, una mascota para el viaje, para el Brillo, un compañero más. De pronto, ya en el camino, el perro escapa, cruza la carretera, el Brillo que va corriendo detrás es embestido por una vagoneta, que ni siquiera se detiene, dejándolo malherido, si no es muerto. El Vito abraza al niño con desesperación, impotencia, y llanto en los ojos.  Así comienza Mi Socio (1982), el primer largometraje de Paolo Agazzi con el que da inicio a su larga carrera cinematográfica en Bolivia, que incluirá películas como El Día que Murió el Silencio (1998), Los Hermanos Cartagena (1985), El Atraco (2004), Sena Quina (2005), y otras tantas como productor. Pero es Mi Socio el film que deja una marca indeleble en nuestro cine, elegida entre las doce películas fundamentales de Bolivia en 2014, y con sobradas razones. La escena inicial es en términos narrativos un “flash forward”, una escena dramática que secuencialmente si sitúa al final de la historia narrada, y a la que luego se volverá, al final de película, previo el desenlace, pero después de haber culminado, o casi, el resto de la narración. La atención del público esta pues enganchada, y queda ahora presentar a los personajes, e introducir la historia que nos llevará a ese desenlace aparentemente fatal.
 
Desde los primeros planos de Mi Socio, estamos acompañados, además de las cuidadas imágenes, por la música original de Alberto Villalpando y Gerardo Arias, elemento fundamental en el que se apoya Agazzi, para intensificar la emotividad de la narración. Por supuesto el taquirari “Mi Socio”, interpretado por Savia Andina, es el tema principal, que además es uno de los pocos que ha trascendido el ámbito cinematográfico de origen para permanecer en la memoria colectiva de la música popular de Bolivia, honor que comparte tal vez, más recientemente, la cueca Cantarina.  Esta melodía, la de Mi Socio, y sus derivaciones, será usada durante toda la película, en arreglos de guitarra, piano, o acordeón, adaptándose hábilmente con esa variedad de texturas musicales, al ambiente requerido por la escena, pero además está el otro tema El Camionero, también importante. Ambos temas, y otros más, forman una de la mejores, sino la mejor banda sonora del cine boliviano, no sólo por su calidad musical propia, sino y sobre todo por la manera en que complementa y es co-protagonista del relato visual que nos ofrece Agazzi.
 
Mi Socio relata el encuentro entre El Vito y El Brillo, y cómo la relación entre ellos, al principio de desconfianza mutua, va cambiando hasta convertirse en una verdadera amistad. Todo esto en medio del trayecto por carretera entre Santa Cruz y La Paz. Es entonces una road movie, una película de viaje en la que pequeños eventos a lo largo del recorrido nos hacen descubrir la personalidad del chofer, sus defectos, su pasado, y cómo la irrupción, en su vida, del Brillo actúa como un catalizador para el cambio que se adivina en él para el final de la película. Así vemos pasar a los protagonistas por una pelea de gallos, cambios de combustible y de llantas, un juego de cacho en donde el Vito pierde plata y debe recurrir a un préstamo forzado del Brillo, una pelea conyugal, un matrimonio, el suplicio de una gallina elegida para el almuerzo, una borrachera del Vito, un parto, momentos de reflexión ante una tumba y finalmente el accidente.
El Brillo es camba, y el Vito es colla, el uso de estos dos vocablos es continuo en los diálogos, y es parte de la dinámica de Mi Socio, mediante ese viaje entre llanos y altiplanicies cuestiona y pone en relieve los regionalismos presentes entonces (1982), y ahora, en nuestro país, a la vez que metafóricamente une las regiones orientales y occidentales de Bolivia. 
 
Todo viaje es sin retorno, porque todos los viajes son transformadores, el inicio y el final son secundarios, lo importante es el camino, y las pruebas que uno afronta en el interín. Ésta es la premisa que comparten todas las road movies, género en el cual el viaje es explícito, pero siempre unido a una transformación, un viaje, interior. Ejemplos de road movies son Easy Rider (USA, 1969), Thelma y Louise (USA, 1991), Y Tu Mamá También (México, 1991), Entre Copas (USA, 2004), y hay muchas otras. Un viaje es además naturalmente interesante cinematográficamente, porque permite, casi siempre, aprovechar la diversidad de paisajes y locaciones tanto visualmente, como dramáticamente. En Mi Socio, por ejemplo, el viaje es, además, un pretexto para mostrar nuestra riqueza geográfica, porque vemos paisajes cruceños, carretones, ríos, luego el valle cochabambino, con sus matices, su gente, la chicha, la comida, y finalmente paisajes del Altiplano. Escuchamos diálogos con modismos cambas, collas, y también lenguas nativas como el quechua y aymara. Esta variedad de situaciones permite que la película tengo un fuerte efecto de identificación con el espectador boliviano, y logra, o al menos busca, ayudar a la construcción del imaginario, y la identidad nacional. No olvidemos que la película salió en 1982, cuando los vuelos eran menos frecuentes, no habían redes sociales, y los viajes por carretera eran mucho más difíciles que hoy en día. Las regiones eran más aisladas. Esta película fue entonces una invitación para la integración. Vemos, por todo esto, que el género del road movie se adapta particularmente bien a la realidad boliviana, y esta fórmula, inaugurada por Agazzi, será explotada luego por otros realizadores como Marcos Loayza en Cuestión de Fe (1995), Rodrigo Bellott en ¿Quién mató a la llamita blanca? (2007) y Juan Carlos Valdivia en Ivy Maraey (2013). El mismo Agazzi volverá a éste género, en tono de franca comedia, con un guiño a sí mismo, en Sena Quina (2005).
 
Otro elemento siempre presente en el cine, y en la vida, de los bolivianos, tanto en el área rural como urbana es, qué duda cabe, la fiesta y el alcohol, y en Mi Socio la fiesta está presente en el matrimonio de una “ex-corteja” del Vito, al que asistimos más o menos al medio de la película. Vemos entonces baile, cueca con “aro-aro”, coctelitos, y todas las de la ley, incluidos coqueteos con la novia, agarrón con otra mujer en los maizales y amago de pelea. Estas vivencias están retratadas con humor, algo de ironía, y amabilidad. Son al fin un retrato de nuestra sociedad.
Luego de la escena del matrimonio hay una escena con una gallina que ninguno de los protagonistas, a pesar de su hambre, se anima a ejecutar. En estas dos escenas disfrutamos las actuaciones de Suarez (Brillo) pero sobretodo de Santalla que exhibe sus dotes de comediante, éstas escenas sirven además para que el público se relaje, ría un poco, antes de la escena siguiente, más intensa, cuando el Vito bebe una generosa jarra de chicha él solo, y termina ebrio, en la mesa, contándole sus penas y su vida al Brillo que escucha atento. Este soliloquio catárquico es central a la trasformación de Vito y a la película. Con el alcohol vivimos y en el alcohol cambiamos.
 
Aquí hay que destacar claramente la actuación prácticamente sin errores de David Santalla, por supuesto la película es al fin un retrato del Vito, y Santalla está a la altura, poniéndose la película al hombro y moviéndose cómodamente entre los registros de comedia y drama, particularmente solvente en la escena ya mencionada de la chichería. Se confirma aquí el talento de Santalla para el cine, exhibido antes en Chuquiago (1977) de Antonio Eguino. Es lamentable que un talento igual no haya encontrado posteriormente ningún otro rol a su altura, Santalla no volverá a aparecer en el cine sino hasta 1995, en un rol secundario, siendo ésta una perdida para el público cinéfilo boliviano. No ha habido, desde entonces, un primer actor en nuestro cine, que pueda igualar la performance de Santalla en Chuquiago y Mi Socio.
 
En 2017 son ya treinta-y-cinco años desde el estreno de Mi Socio, fue en su tiempo una de las películas más taquilleras de Bolivia, y es sin duda una permanente influencia para los realizadores posteriores, en donde se nota su marca. No se puede ver Cuestión de Fe, sin pensar en Mi Socio. Es interesante notar que el film ha envejecido bien, se lo puede volver a ver y se disfruta aún de los diálogos, de la fotografía, se reconoce ahí la Bolivia de los ochenta, pero mucho también de la Bolivia actual, no hemos cambiado tanto, estoy seguro que hay un camión Volvo del 82 todavía en circulación entre Santa Cruz y La Paz, con un chofer colla y un ayudante camba. Sigue habiendo regionalismo, sigue habiendo machismo, sigue habiendo fiesta. Sigue habiendo pobreza. En este sentido la reflexión abierta por Agazzi es todavía actual y la fuerza de la película completamente vigente.
 
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