Literatura
 Fecha:24/07/2017

La Tradición, el Mapa y el Territorio
Desde las Viejas e Incompletas Cartas de Navegación
Por Sebastián Antezana

Sebastián Antezana
| Sebastián Antezana
 
Uno.
 
Me gustan mucho los mapas. Creo que hay pocas disciplinas tan interesantes como la cartografía, ese impulso gráfico que, en su versión más tradicional, pretende entender a un tiempo el territorio y el espacio. Los mapas, los documentos en que se desarrolla el lenguaje cartográfico, son artefactos ante todo representativos que tienen la misión –idealizada– de reproducir las distintas dimensiones y características de lo real.
 
Desde las viejas e incompletas cartas de navegación que dividían el mundo en solo tres continentes, hasta las más modernas proyecciones, también incompletas, que pretenden ordenar y categorizar nuestra galaxia, el impulso cartográfico –ese intento de darle forma y dimensiones mensurables a lo desconocido– ha sido siempre herramienta del progreso técnico y científico. Pero no por eso a momentos deja de ser altamente arbitrario.
 
Como se sabe, varias de las certezas sobre las que levantamos el edificio de la normalidad no son más que convenciones. Así, en cartografía, el norte geográfico es solo un norte nominal, el este no pertenece a un costado y el oeste a otro, Alaska no está arriba de Colombia ni Portugal a la derecha de México. Como en el espacio exterior, en la Tierra no hay arriba ni abajo, no hay derecha ni izquierda, esas no son más que convenciones.
 
Más aún, pese a que se pretende bastante fiel a su modelo, la famosa Proyección de Mercator –concebida en el siglo XVI para elaborar mapas de la superficie del planeta y muy en boga hasta hoy– no conserva relaciones entre áreas en cuanto a latitud, por lo que en los mapas modernos los territorios y países cercanos a los polos aparecen representados mucho más grandes de lo que verdaderamente son (pensemos en Canadá y Rusia, por ejemplo). Hay, pues, en los mapas, una importante dosis de flexibilidad. O, si se quiere, de ficción.
 
De la misma forma en que los viejos modelos geocéntricos consideraban a la Tierra el centro del universo, las cartas europeas de la Edad Media tenían en su centro a Jerusalén, considerada núcleo de la fe y mitad del mundo. Además, en el lugar que hoy ocupa el Polo Norte estaba el Paraíso y detrás de Europa, en el espacio que hoy ocupa América, podía verse una región desconocida plagada de monstruos mitológicos.
 
Además, hay lugares específicos en el mapa de la Tierra que existen como homenaje a lugares específicos en el mapa de la literatura. El nombre California, por ejemplo, con el que fueron originalmente bautizados dos estados mexicanos –Baja California y Baja California Sur– y uno de los más grandes e importantes estados de Estados Unidos, es una referencia directa a una isla mítica descrita en una popular novela de caballería del siglo XVI, Las sergas de Esplandián, escrita por Garci Rodríguez de Montalvo (en la novela, California es una isla fabulosa situada “a diestra mano de las Indias… muy cerca de un costado del Paraíso Terrenal”, y está habitada exclusivamente por hermosas amazonas negras que utilizan herramientas y armas de oro puro en sus tareas cotidianas). Como decía, los mapas tienen mucho de ficción.
 
Pero, además, no hay mapa ni modelo capaz de representar con absoluta fidelidad una geografía determinada, ya sea del planeta, de alguno de sus continentes o países, o de alguna de sus ciudades o barrios. Esto es así. Un mapa geográfico verdaderamente representativo sería una reproducción exacta del territorio, por lo que ocuparía su mismo espacio y se sobrepondría a él como una suerte de manto que mientras lo afirma lo reproduce. Digo esto, claro, porque me parece que la literatura en general, y en específico la literatura boliviana, funciona de esta manera.
 
Dos. 
 
Quisiera, en este punto, hacer un alto y leer un muy breve cuento de Borges titulado “Del Rigor en la Ciencia”, que habla, justamente, sobre mapas y territorios, y que más que un cuento parece un divertimento rescatado de un anecdotario medieval. Dice así:
 
En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él.
 
Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos.       En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.
 
 
A partir de la lectura de este breve texto, el pensador francés Jean Baudrillard, en su famoso tratado Simulacro y simulación, estudia y profundiza la propuesta de Borges –es decir las tensas relaciones existentes entre realidad, representación y símbolo, e indica que nuestro tiempo ha permitido un proceso de suplantación de la realidad y de los significados por símbolos, y ha hecho de la experiencia –la suma de circunstancias y hechos que hacen a cada persona– una simulación.
 
Baudrillard lee con detenimiento el pequeño relato que acabo de citar y muestra cómo la de los cartógrafos borgeanos, que diseñan un mapa tan detallado que llega a ocupar el mismo espacio físico que el imperio, es una fábula que muestra que es imposible distinguir el concepto de mapa del de territorio. Al referirse al mínimo y brillante cuento de Borges, Baudrillard indica que el simulacro, mediante ese discreto encanto que lo caracteriza, deja de ser copia y pasa, primero, a confundirse con lo real y luego incluso a precederlo, a anticiparlo, de la misma forma en que en la sociedad contemporánea el simulacro precede al objeto original. 
 
Es claro, podemos verlo nosotros mismos. Conocemos a los territorios y los países a través de sus mapas y sus demás reproducciones, comprobamos que los hechos ocurren porque los vemos representados en imágenes o textos (televisión, periódicos, etc.), creemos que una persona –alguien a quien incluso llamamos amigo– existe porque tenemos con él o ella un vínculo virtual a través de Internet. Sabemos que una cosa es real cuando se instala, incluso imaginariamente, en la conciencia colectiva, cuando el simulacro la define como original, como real. El simulacro, así, se trata de una verdad y el mapa, ese instrumento ideológico, ya no de una abstracción sino de la cosa misma, una cosa que, como ya he mencionado, tiene mucho de ficcional.  
 
Tres.
 
A veces, como hoy, veo a la literatura boliviana contemporánea como un mapa, un simulacro en el sentido que Baudrillard le da al término. Es decir, como un discurso que, si se piensa en términos de nacionalidad, no resulta una representación del país sino el país mismo, un lenguaje entre geográfico y ficcional que, al ser pensado desde una óptica identitaria, no solo no recrea al país, con posterioridad, sino que lo anticipa, lo precede, con anterioridad, como el relámpago que precede al trueno y lo determina.  
 
Podemos ver varios ejemplos de esto a lo largo de nuestra tradición narrativa. En 1936, por mencionar uno, Augusto Céspedes escribió el cuento “El pozo”, contenido en el libro Sangre de mestizos, y con el relato que allí hace de un grupo de soldados desesperados que se hunden en la tierra en una búsqueda infructuosa de agua, se anticipa con varias décadas a los vacíos y los callejones sin salida que se harían parte del espíritu nacional desde la derrota en la Guerra del Chaco, en la que Bolivia se aniquiló con Paraguay por un pedazo de mapa. 
 
Otro ejemplo. El relato de las rebeliones indígenas del occidente del país, destinadas a recuperar la tierra para los indios, fue contado, como es bien conocido, por Alcides Arguedas en su polémica novela Raza de bronce, publicada en 1919, muchos años antes de que la revolución nacional se constituyera en la rebelión última y restituyera, en buena medida, las tierras, los territorios antes ocupados por hacendados y haciendas, a sus propietarios originales, aquellos que serían capaces de organizar nuevas geografías a partir de ellos.  
 
Otro ejemplo más. Las historias de la fascinación política, económica y sexual que las mujeres campesinas ejercen sobre jovencitos citadinos de clase media alta en novelas como La candidatura de Rojas, publicada en 1909 por Armando Chirveches, y La Chaskañawi, publicada en 1947 por Carlos Medinacelli, se adelantaron también con varias décadas a la poderosa seducción que a principios de milenio el movimiento indígena campesino ejerció sobre el país, incluso sobre sus clases medias y altas, sobre todo sobre sus clases medias y altas, y que se concretó en el gobierno que tenemos hoy y que ha intercambiado el espíritu nacional por el plurinacional.
 
Pero la narrativa boliviana, ciertamente, no es solo un mapa especulativo que apunta al futuro, no es solo el discurso que, desde la ficción, termina por constituir la realidad nacional en un consistente ejercicio de clarividencia. Hay varias más cosas en ella que no apuntan solo al futuro sino que se dedican a poner en crisis su presente. Así surgen algunas preguntas inevitables: ¿cómo está conformado el mapa de la literatura boliviana contemporánea? ¿Cómo podemos concebir la configuración, y las inevitables reconfiguraciones, de una criatura tan móvil y cambiante? ¿Qué es, a fin de cuentas, la literatura boliviana hoy, en su actual configuración, y cómo se diferencia de la de ayer? Primero tendríamos que decir que el de ficción boliviana –como el de cualquier ficción marcada por señas de nacionalidad– es un concepto espinoso. Como pasa con toda manifestación artística que se define por su pertenencia a una comunidad, la literatura, por su naturaleza abierta, por su carácter discursivo que se propone repensar y poner en crisis a las etiquetas, resulta indócil. Pero más allá de este lugar común, habría que pensar qué es y qué contiene el término “boliviano” cuando se refiere a la práctica literaria. 
 
En primera instancia, una literatura boliviana sería un conjunto de textos estilística y políticamente diversos con un idioma y una fuente territorial comunes. Pero esta visión resulta parcial no solo porque la literatura se rehúsa a ser simplemente el mapa que repite un territorio, sino porque el tipo de mapa que se le acusa de ser, es un mapa que, al revés del refrán, impide ver los árboles por culpa del bosque. Es decir, que impide ver las individualidades por culpa de la generalización.
 
Y eso, claro, porque el de la literatura boliviana vista como un solo mapa o un solo cuerpo es un asunto de perspectiva. El problema de entender “lo boliviano” como una categoría precisa, no difusa, es que esta comprensión puede devenir en dogma, el dogma de lo boliviano, que nos obligaría a considerar las manifestaciones nacidas de esta esfera –que aúna muy diversa variables geográficas, idiomáticas, culturales, económicas, políticas, etc.– como una sola cosa monolítica, cuando en realidad se trata de un espectro múltiple y difuso, una nube ideológica.
 
En segunda instancia, una literatura boliviana necesariamente se tensionaría entra esta visión de lo boliviano asumido como un solo cuerpo, por un lado, y por el otro en la asunción de las coordenadas específicas de producción de sus textos. Por ejemplo, en mi caso particular, yo leo y escribo desde unas circunstancias muy particulares. Voy a ser honesto; siempre que leo y escribo lo hago desde la masculinidad, la heterosexualidad, la occidentalidad tercermundista, la clase media, la relativa juventud que cada vez más deja de serlo, la izquierda crítica, la compulsión consumista, la adicción al Internet, el enamoramiento, el bolivarismo radical, la afición al trago, el gusto por el reguetón, el amor a los perros, etc.
 
Y también lo hago, claro, desde coordenadas geográficas azarosas que me hacen no sólo boliviano sino un boliviano nacido en México durante las dictaduras militares, un boliviano que viene de La Paz, además, de la zona andina del país, lo que trae consigo otras variables que influyen en cada lectura y cada intento de escritura que hago. Porque siempre que leo y escribo lo hago desde allí, desde estas coordenadas que no definen mi trabajo literario pero sí condicionan mi mirada del mundo. 
 
En ese sentido, una discusión sobre cualquier literatura, incluso sobre una “literatura boliviana reconfigurada”, es una discusión sobre las coordenadas y condiciones que definen su práctica. Porque, más allá de estas coordenadas y condiciones, ¿tiene sentido hablar de una literatura boliviana? ¿Se trata de algo real o más bien de una abstracción, un paradigma artificioso, un gesto reduccionista? ¿Hay algo, un guiño o un gesto, transversal a la literatura de nuestro país que la aúne más allá del peso de una geografía y un lenguaje y tradición más o menos comunes?
 
Y, sobre todo, ¿hay algo que pueda rescatarse del concepto de lo boliviano y de la creación literaria boliviana, y al mismo tiempo que nos diferencie del resto del mundo o que nos proyecte de forma particular? ¿Algo que sobrepase el regionalismo de tinte federalista, por un lado, y por el otro las utopías pachamamistas de la patria grande; el crecimiento urbano vertiginoso, por un lado, y por el otro el cliché mágico de los espacios rurales; la cosmología andina, por un lado, y por el otro el capitalismo aniquilador de ideologías?
 
Las respuestas se me escapan como monedas pequeñas de las manos; a momentos es inevitable volver a algunas viejas imágenes: es decir, para hablar de literatura boliviana actual, de esta nueva configuración de la literatura boliviana, habría que rescatar su aún perceptible diversidad, la calidad de algunos de sus exponentes, su variedad temática, estilística y formal en un tiempo que tiende hacia la homogenización… Desde lejos del mapa, desde la distancia geográfica, desde la perspectiva de lectores europeos o estadounidenses, la literatura boliviana se ha visto por largo tiempo como un solo mapa o bosque –piénsese en lo ocurrido durante el boom de la literatura indigenista o la políticamente comprometida–. Y desde cerca, desde la intimidad cartográfica, desde nuestras propias coordenadas, nuestra literatura puede seguramente explicarse con términos de Zavaleta (y su abigarramiento) o Silvia Rivera (y lo ch´ixi): ya no como un solo gran bosque sino una juntucha de árboles de distintos tipos, árboles orientales y occidentales, del norte o el sur, que se destacan por su incómoda comunidad, por sus individualidades y guiños que cultural y políticamente corresponden a las distintas regiones de las que brotan. 
 
Así, los temas de los que se ocupa hoy la literatura boliviana y mediante los que se constituye como la realidad boliviana, son múltiples y están siendo experimentados desde diversas perspectivas: las relaciones familiares, las batallas cotidianas de la intimidad, la exploración de las ciudades mediante la óptica realista, el escape de las ciudades y el retorno al campo como fuente de un discurso alternativo al realismo, la migración, las encrucijadas de la literatura con la historia, el futuro visto a través del lente magnificador de la ciencia ficción, la cotidianidad asumida como espacio de magia, etc. Repitiendo lo que algunos de mis compañeros dijeron aquí, alguien podría decir que, actualmente, la literatura boliviana vive un momento de gran diversidad y riqueza, un momento de exploraciones variadas y exitosas y en que la atención de otros países está sobre nosotros. Es decir, un momento feliz, saludable, la literatura boliviana como un estadio lleno de gente colorida y animosa, gritando al unísono eso de Bo Bo Bo, li li li, via via via, ¡viva Bolivia! 
 
Cuatro. 
 
Por supuesto, la cosa no es solo así. La literatura boliviana contemporánea está marcada por innumerables vacíos y silencios. Si hacemos un par de rápidas anotaciones sobre las condiciones de producción de la narrativa actual, podemos ver que en Bolivia no existe una industria cultural. La cultura siempre ha sido un quehacer artesanal, individual, autogestionado y que casi no genera ganancias.
 
En Bolivia casi no hay instituciones que apoyen la práctica literaria. Todo lo que hay se reduce a un par de encuentros de escritores, unas cuantas ferias del libro, unos cuantos premios –algunos muy cuestionables– y poco más.
 
En Bolivia solo existe una carrera de literatura, en La Paz, y solo existe una universidad que ofrece la especialidad de “escritura creativa”, en Santa Cruz, la ciudad más poblada del país y en la que solo hay tres librerías.
 
En Bolivia hay menos de diez editoriales consolidadas que se dedican a publicar literatura –Plural, 3600, El Cuervo, Kipus, La Hoguera, Correveidile, Nuevo Milenio–. Hay, fuera de ello, algunos emprendimiento nuevos y todavía menores, y algunas editoriales cartoneras. 
 
En Bolivia la “industria” del libro es una criatura pequeña. Ninguna editorial produce libros de ficción de un tiraje mayor a los mil o mil quinientos ejemplares como mucho. Un best seller boliviano seguramente no pasa de los cinco o seis mil ejemplares vendidos, cuando uno de un país vecino –Colombia, Perú, Brasil, etc.– sobrepasa largamente los 30, 40 o 50 mil ejemplares.
 
Eso porque en Bolivia –lo muestran las cifras oficiales de la región– la gente no lee literatura y en realidad ni siquiera lee. En el informe El libro en cifras. Boletín estadístico del libro en Iberoamérica, realizado en 2012 por el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y El Caribe (CERLAC), se ve que mientras el índice del promedio de libros leídos al año lo encabeza España, seguida de Chile, Argentina, Brasil y México, Bolivia ni siquiera aparece en la lista o aparece con un porcentaje de 0%.
 
Por otra parte, si pensamos en el papel de las nuevas tecnologías, podríamos decir que apenas afectan el panorama editorial y literario. Su impacto es reducido y poco difundido pues Bolivia es un país en el que buena parte de la población carece de acceso a Internet y solo un muy reducido número de personas lo utiliza como medio de lectura.
 
Fuera de eso, es difícil decir si el desarrollo tecnológico de las últimas décadas ha impactado de forma directa las maneras de construir y leer nuestras narrativas más allá de la anécdota, pero sí ha afectado las condiciones de producción de los narradores actuales y, por lo tanto, el tono y forma de sus historias. Por otra parte, lejos de ser algo nuevo, este fenómeno se viene dando por lo menos desde principios del siglo pasado.
 
El gesto, además, ha profundizado la compartimentalización de temáticas y estilos de la literatura boliviana. Hoy hay pocos grandes temas o líneas visitados con especial frecuencia. Lo único que podría considerarse como un denominador común de ciertos autores es un abandono compartido de la óptica sociológica y la militancia política –grandes personajes de buena parte de la narrativa boliviana del siglo XX– y una especial atención, en su lugar, en un espacio todavía atravesado por la política pero no definido por ella, un centro neurálgico en el que intervienen por igual pulsiones afectivas e ideológicas: las relaciones sociales.
 
A grosso modo, podemos ver el cambio de milenio como una marca –arbitraria– de esta transición. En ese giro, se ha dejado de lado también cierta obsesión de literaturas anteriores por querer explicar el país desde la ficción, por querer ser un mapa literal, por pretender desentrañar mediante la narrativa una historia política y social que nos explicaría, por hacer de la literatura un laboratorio mediante el cual comprender nuestra coyuntura, nuestras glorias y miserias cotidianas. La preocupación política siempre está allí, lo que se ha dejado de lado es la idea que la política, y la negación de la política, son los únicos caminos para entendernos.
 
La mejor narrativa contemporánea, además, no obedece a una pulsión parricida ni considera ningún tema superado. Sí presenta aristas que –debido a los distintos climas políticos y económicos de nuestra historia reciente– interesan más y menos, líneas que se han vuelto centrales y otras que han dejado de ocupar un lugar de preponderancia. Pero esta, como todas, es una cuestión cíclica.
 
Cinco. 
 
En este momento histórico en que para los ojos del mundo y para los ojos de los latinoamericanos Bolivia ya no es más un país anónimo, aunque quizás sí todavía exótico, en que en ella ya no hay nada de conceptualmente marginal, ya que el capitalismo contemporáneo ha llegado a colonizar todos los centros y todos los márgenes, uno de los caminos de una literatura boliviana reconfigurada, uno de sus mapas posibles, podría ser presentarse como una trinchera crítica de sus propias circunstancias, una opción de resignificación de los símbolos de poder captados por el mercado. 
 
Una actitud literaria reconfigurada y reconfiguradoradora, una nueva cartografía ficcional nacional, no tendría ya que ver con la falacia del liberalismo, que ve en la práctica y el consumo artístico –y así también literario– una utopía igualitaria, ni se daría el derecho, autocomplaciente, de hablar por los marginados. Una literatura boliviana reconfigurada y reconfiguradora no debería ceder a la fantasía de la igualdad ni a hablar en nombre de nadie. Su tarea podría verse, en lugar de ello, como un ejercicio consciente de extrañamiento, de otredad –no la otredad del exotismo, sino la otredad del discurso ficcional que se asume como herramienta de desmontaje de los otros discursos que nos rigen y gobiernan–, de desautomatización del lenguaje y de la experiencia. Un mapa literario boliviano reconfigurado, sin dejar de ser boliviano, quizás querría apuntar a hacer tambalear las zonas de confort ideológicas que hacen y construyen lo que entendemos como Bolivia. Es decir, las zonas en las que nos meten nuestras ya mencionadas circunstancias geográficas, económicas, políticas, idiomáticas, sexuales, familiares, amorosas, deportivas, alcohólicas, etc. 
 
En ese espacio, la literatura, el arte boliviano, tiene la capacidad de estremecer estos paradigmas o, por lo menos, desde nuestra especificidad geográfica y cultural, de arrojar luz sobre ellos para empezar a ponerlos en crisis. 
 
La literatura puede ponerse en el lugar de cualquier persona, en el lugar de cualquier cosa, y, así, tiene la capacidad de reinventar categorías como la de boliviano y dejar de lado viejas concepciones como la del exotismo casi surrealista, la supremacía andina asfixiante, la marginalidad cultural y económica, etc. Eso porque, como indica Piglia, la ficción es más honesta que la historia. Fuera de cómo el mundo y cómo nosotros hemos entendido históricamente a la literatura boliviana, ésta es uno de los modos de la experiencia y la imaginación, una de las formas en que le damos sentido a lo que sucede, a lo que podría suceder y a lo que quisiéramos que suceda. 
 
Y, para que nuestra literatura adopte una nueva configuración, hay también otro camino. Preguntarnos, continuamente, con y contra el periodismo, el mercado editorial y la academia, ¿qué es la literatura boliviana? ¿Qué es lo boliviano? ¿Existe siquiera? ¿O nos deshacemos ya del adjetivo y olvidamos todo lo referente a una literatura –y por lo tanto a un cine, una música, un teatro, etc.– nacional?
 
Me temo que voy terminar esta ponencia con muchas más preguntas que respuestas, un poco porque la literatura es así, una serie de interrogantes e incomodidades que difícilmente encuentran una clausura, y otro poco por incapacidad. Así, pregunto, los que vivimos, leemos y escribimos literatura desde Bolivia, desde esta parte del mundo, ¿tenemos algo en común más allá del hecho de compartir esta parte del mundo? ¿Tiene nuestra literatura algo que la haga nuestra, que la defina, que nos abarque? ¿Qué es, qué es ese algo, más allá del mapa –que siempre es un lenguaje– y el territorio?
 
Gracias.
 
 
 
 
Texto leído en el Octavo Foro de Escritores Bolivianos, organizado por el Cetro pedagógico y cultural Simón I. Patiño.

 

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