Literatura
 Fecha:23/07/2017

Descartemos el Revólver
Interesante Perspectiva en el Octavo Foro de Escritores
Por Ivan Gutierrez

Foto: Centro de Literatura Boliviana/Ivan Gutierrez
-Foto: Centro de Literatura Boliviana/Ivan Gutierrez
Foto: Centro de Literatura Boliviana/Ivan Gutierrez
 
A veces el tiempo va tomando las formas de la sombra, se despide de a poco de los cuerpos, se desliza de la materialidad fugaz, para convertirse en un reflejo mal trecho que con fuerza se sujeta de la superficie horizontal o vertical de la forma en la que proyectamos el recuerdo. Recordamos de a poco algo que fuimos; pero que con la misma fuerza de esa certeza probablemente nunca fue como lo recordamos. Nos inventamos orillas de descanso momentáneo en medio de ese trajinar de ir y venir a esos lugares en los que un día fuimos una buena versión de nosotros mismos. Pero que en cada mirada sufren de un efecto de caducidad constate, mortal, lacerante. Nos enamoramos, no, de lo que recordamos, sino de lo que inventamos para darle forma a ese oscuro vacío de la vejez solitaria.
 
Pensar en una reconfiguración, es pensar en aquello,  que en algún punto ya ha sido configurado. Parece que en términos inmediatos de análisis, es inevitable no sintonizarse en una reflexión bélica para encarar el concepto. Es decir, mirar de frente, aquello que un día fue en contraposición de lo que hoy ya no es. Para ser más claro descifrar o representar el constante dilema de la historia social de la humanidad; el problema de la tradición frente a la innovación.
 
Pensar la reconfiguración de la creación boliviana, como tema del foro; en primera instancia, significó para mí un juego detectivesco, de pesquisa, de estructurar un camino apto para descubrir el crimen organizado, la mafia, los asesinos y las víctimas de eso que podríamos llamar literatura boliviana. Pensar el tema, en su primer impulso fue una investigación no de índole netamente teórico, sino al contrario de recuperación del habla, de la escucha de la confesión, de la paciente revisión de testigos. Para que con todo ese movimiento prime algo más importante; que simplemente hacer historia de la literatura, que en su defecto (por gusto completamente personal) sería un intento por definir el movimiento estético con el que me siento más cercano y también alegre de que haya surgido y se haya formado en su mayoría por autores publicados entre el 2007 y el 2009, que de alguna forma han marcado un quehacer de escritura y que generan tantos dolores de cabeza, cuando se trata de hablar de la bolivianidad. Sino más bien descifrar algo más profundo acerca del concepto de reconfiguración, si es el caso de que exista algo así. 
 
Intenté de muchas maneras tener un acercamiento sobre el tema en conversaciones con amigos de distintos oficios; algunos vinculados al trabajo de la escritura, otros lectores rabiosos, maniacos y adictos y otros sin el menor interés del caso. Lamentablemente ninguno logró acercarse ni mínimamente a la sensibilidad de lo que implica y podría significar el pensar una reconfiguración y peor aún llevar la idea al campo de la creación. Hecho que llevó a la frustración mi trabajo detectivesco.     
 
Pensar la reconfiguración de la creación plantea cuestiones inmediatas y urgentes al receptor de la pregunta; el hacerse cargo de una respuesta implica no solamente una perspectiva de abordaje. No puedo responder solamente como escritor, porque sería como ser el encargado de las últimas noticias de un lugar desértico y despoblado. Así que inseparablemente mi Yo lector interviene en la intención de respuesta. Porque el decidir la fe en la escritura es un rabioso debate entre ser el rey, el ciudadano y el esclavo de la definición más privada del significado que uno le atribuye a escribir. Hacer literatura es ser lector antes que cualquier otra posición, en cada una de las jerarquías ríes, pero también sangras y mucho.
 
Debido a la falta de luces en el trabajo decidí invertir el juego, crear un cuerpo, un delito. De repente el problema radicaba en que por primera vez planteaba a mis interlocutores la idea de una configuración para descifrar posteriormente una reconfiguración. 
Así que cambié mi papel de descubridor de  los hechos por el de implicado en los delitos. Porque al asumir la actividad criminal, cambia la forma de preguntarse, acerca de la culpabilidad sobre el tema. La mirada ya no será; qué se considera como reconfiguración, o si ha existido alguna configuración ya sea estética, de producción o de formas de escrituras. Cada una de esas instancias posiciona una postura muy cuidada, que a forma de detective impulsa a mirar a veces con superficialidad el cuerpo del delito. 
 
En cambio, cuando decidimos la vida criminal, nos obligamos a asumir la acción, el riesgo, la adrenalina de mantenerse libre a pesar de la culpa. La exigencia por el cuidado de los hechos es determinante y en este sentido extiendo la pregunta no sólo a los que intentamos escribir, sino también a los que leemos, y en general a los que nos hemos enamorado de esto que se llama literatura. Porque en el fondo todos somos presuntos implicados del tema. Nuestra respuesta incluye una mirada lenta, muy detenida de planeación, una disección perfecta al tiempo para ejecutar el recorrido de la página, de lo contrario terminas en una jaula, la prisión ha sido derrotada hace tiempo.
Con esta introducción debo decir que ya he tomado la empuñadura de un revólver, para iniciar el asalto, o confeccionar el cadáver que viene siendo: lo que podría ser la reconfiguración de la creación. Y también al final sabremos si hemos optado por la mejor opción letal.
 
 
II. Tambor
Según la RAE: Cilindro giratorio donde van las cápsulas de un revólver.
Nicolás Carranza no era un hombre feliz, esa noche del 9 de junio de 1956. Al amparo de las sombras acababa de entrar en su casa, y es posible que algo lo mordiera por dentro. Nunca lo sabremos del todo. Muchos pensamientos duros el hombre se lleva a la tumba, y en la tumba de Nicolás Carranza ya está reseca la tierra (Walsh 2000: 14).
El argentino Rodolfo Walsh así inicia Operación masacre, un libro perteneciente al nuevo periodismo, que describe el absurdo y típico abuso de un grupo militar en la dictadura argentina. La forma en la que inicia es fulminante; es sentarse a un juego de ruleta rusa y que la primera bala esté destinada a tu cabeza, no hay forma de no sentir la violencia del impacto.
Apenas abrimos el libro, nos enfrentamos a la vida minúscula de un hombre que no es feliz; pero sin embargo se lleva a la tumba muchos pensamientos que seguro alguien, en algún lugar, y en algún punto del tiempo estaba destinado a escuchar; pero después de ese 9 junio todos esos alguien, solamente son el anonimato número de una posibilidad remota. La sombra no sólo ha amparado a don Nico, sino que lo ha cobijado en un para siempre. 
 
Lo atroz de la forma en la que Walsh carga el tintero como su arma está en la acentuación de ese territorio salvaje, del irnos sin haber dicho lo suficiente o nada, que viene a ser lo mismo. Nicolas Carranza el hombre del que conocemos a partir de Operación Masacre podría ser una víctima, un héroe, un desafortunado, una ficha fría del destino, un elegido por el aparato prepotente de Estado; podría ser todo y también una nueva opción. Pero lo que indudablemente es; es un testimonio, del que conocemos por Walsh.    
 
Walsh estaba  en un bar, descansando del trabajo del periódico. Dispuesto a tomarse una cerveza, esperando que el día pase y le dé el descanso para encarar la rutina de los trabajos pendientes y diarios. En algún momento en el bar, un amigo le pasa un simple dato “Hay un fusilado que vive.” Estoy seguro que el detonante de una realidad que reclamaba testimonio lo acababa  de encontrar con la guardia baja y con la mandíbula brillando para el contacto de una derecha bien tejida. Cuando un dato golpea con la suficiente fuerza, el instinto de tinta te convierte inmediatamente en un villano. 
Necesitas cargar el arma y tomar todo lo que está a tu paso. La clave en tomar todo lo que está al paso radica en la intención y en el cuidado del golpe y la caricia que vas a dar en determinados momentos de tu plan de acción. Algo que no hay que olvidar; todos somos víctimas del tiempo; pero muy pocos llegan a ser testimonios, la literatura está también para eso, para intentar mover la balanza. 
 
Walsh escribió Operación Masacre porque era la única forma de hacer que el lector se incomode ante la configuración descalabrada y arrogante que la estructura política de su tiempo estaba fabricando. En ese sentido Walsh el pistolero carga con convicción el tambor de su arma. Abrir su libro es desatar un caudal de pólvora. Los límites de la vacía superficialidad de un reflejo obvio de la época,  se quiebran para  tomar un color inmortal y universal. No importa dónde y en qué momento se está leyendo el texto. Operación Masacre es una historia que se desliza en tus huesos hasta enfriarlos y generar un dolor insoportable. La violación a un valor del marco de lo indecible es tan vergonzosa que duele, haciendo que el relato pierda la sustancialidad de narración para convertirse en un testimonio y es en esa medida que nos reconfigura como lectores al enfrentarnos al cómo el argentino decide contarnos algo.
 
Cada bala que cargamos en el proceso de creación, está destinada a configurar una historia, las más certeras conservan el alma de un testimonio. El proceso de creación debe intentar siempre apuntar en el norte más perdido y exige ser consecuente con cada bala que cargas antes de disparar. Juan Carlos Baglietto nos advierte la importancia del trabajo; de ese, del que no debemos perder la atención. En su hermosa canción El tempano, que dicho sea de paso en la versión  con Silvina Garre es aún más hermosa, dice:
Recuerdo la quietud de la tierra, la quietud estaba adentro; 
Se cree más en los milagros a la hora del entierro. 
Ese hombre trabajo, quién escribirá su historia.
La cal reseca, la viuda que sueña, los amigos que siguen igual.
 
En la pregunta al quién escribirá la historia de alguien, nos preguntamos más allá de la obvia respuesta del nombre de un sujeto que podría narrar las vivencias ajenas, o inventarlas. El quién escribirá la historia del hombre que trabajo o que lo soñamos trabajando, es apropiarse de la responsabilidad de un tiempo minúsculo, aunque sea un personaje grande. La porción que lo sujeta en el momento que recordamos siempre es por un detalle que ocasiona una colisión más grande, pero el principio de los tiempos siempre es un detalle. “Nicolas Carranza no es un hombre feliz” a pesar de todo el dolor que conlleva su injusta historia, lo primero que sabremos de él es que no fue feliz, el momento en el que inició todo. Después, nunca sabremos más.
 
 
III. Punto de mira
Definición: Protuberancia que está en la punta del cañón. Está se vincula con el alza, es una pieza que va montada en el extremo trasero de una pistola o  revólver. Todo esto viene regulado para que al coincidir el alza con la mira, se consiga que el proyectil impacte en el punto que deseamos. (Manual de uso de armas de fuego) 
En el punto de mira es la forma adecuada para expresar que algo o alguien, se sitúa en el centro de nuestra atención o interés. (Definiciones técnicas para personal en situaciones de conflicto)
 
La escritora española Rosa Montero en un libro del que no puedo decir más que fascinante a pesar de su horrible título; La ridícula idea de no volver a verte. Escribe una especie de biografía novelada de la polaca Marie Curie premio nobel de química y física.
La ridícula idea de no volver a verte, es un libro que en el proceso, va reconfigurando reflexiones sobre el oficio de escribir, haciendo que, lo que en primera instancia parecieran los típicos consejos de escritura, se conviertan en una forma de descifrar las tensiones a veces casuales y otras premeditas con las que nos tropezamos o buscamos en la decisión de escribir acerca de algo.
 
Montero escribe sobre la polaca; porque además de su importancia en la comunidad científica, había llevado una vida difícil; pero dentro de toda esa dificultad, el detonante que atrapa a la escritora española, es la muerte del marido de la galardonada nobel. La escritora también quedó viuda, a los pocos meses del suceso, conoció a detalle la historia de la Polaca. Una historia envuelta en la tragedia y en la entrega absoluta de un compañerismo de pareja, similar en la relación a la que Montero tenía con su fallecido reciente esposo. 
 
Después de la muerte de su marido, Marie quedó completamente en estado de suspensión emocional, llegando casi a la locura. Uno de los pasajes más notables de la historia es que la científica conservó el pañuelo del difunto con el que limpio los restos de sesos y sangre que quedaron sobre el rosto, ya que una carreta le había aplastado la cabeza. Ella conservó el pañuelo durante un año, llevándolo consigo en los bolsillos como una especie de siniestro amuleto. Lo hermoso de la historia es que tanto Marie como el esposo habían ganado juntos el nobel de química, y ambos llevaban una relación de amantes, pero también de compañeros envueltos en la admiración por el valor intelectual que ambos reconocían y respetaban en el otro. 
 
 
Marie no sólo tenía el pañuelo de su marido muerto, sino que tenía ese pedazo de composición mágica en el que con seguridad en aquellos rastros cerebrales se encontraban los ecos de la historia, de haberse conocido y de haber vivido juntos. Después de un año de la pérdida, Marie decide quemar en presencia de sus hijas el pañuelo acompañando el ritual con el último ataque de ansiedad y locura que ya parecían tan comunes en su vida.
 
Bolaño escribió en alguna parte, que siempre que estamos escribiendo, estamos haciendo una carta de amor o de despedida. No es primera vez que me detengo y cito esta afirmación, al contrario creo que la he usado tantas veces que ya no estoy seguro si en verdad es una idea de Bolaño, o la he escuchado en alguna parte y por algún motivo decidí atribuirle a él la autoría. Afinar el punto de mira no siempre es una cosa voluntaria, por lo general cuando estás en el momento preciso, simplemente te sientes arrastrado hacia ese conducto imaginario pero altamente hermético del que ya no tienes vuelta atrás. 
 
Es increíble como todas las cosas comienzan a sucederse una a una para aportar la diagramación en la que empiezas a apuntar el arma. Y el punto de mira, por más kilómetros que tengas avanzados, siempre apuntará a ese último beso que ya ha perdido rostro, nombre, olor, incluso lugar; pero que no deja de aparecer con la boca abierta y los dientes afilados. Escribirle aunque ya no este, por lo menos ayuda a despedirte de a poco de ese afinado volcánico sabor, de dejarte ir.
Apuntar con un arma a un objeto inmediatamente nos hace pensar en hacerlo desaparecer, en destrozarlo, en dejarlo mal trecho, débil. Apuntar aunque sea con los dedos como pistolas tiene la intención del deseo de desaparecer, o hacer que algo desaparezca y con suerte y buena puntería muera. Escribir. Muchas veces te invierte los papeles. La creación es un juego de ser cazador y presa, en esa medida es inevitable no reconfigurar el orden monótono del cotidiano.
 
Juan José Millas cuenta en una entrevista el origen de la escritura de su hermosa novela El mundo, me parece que el ahora repetirlo, nos permitirá entender de mejor manera, el punto de mira del acto creativo.
Hay libros que forman parte de un plan y libros que, al modo del automóvil que se salta un semáforo, se cruzan violentamente en tu existencia. Éste es de los que se saltan el semáforo. Me habían encargado un reportaje sobre mí mismo, de modo que comencé a seguirme para estudiar mis hábitos. En ésas, un día me dije: «Mi padre tenía un taller de aparatos de electromedicina.» Entonces se me apareció el taller, conmigo y con mi padre dentro. Él estaba probando un bisturí eléctrico sobre un filete de vaca. De súbito, me dijo: «Fíjate, Juanjo, cauteriza la herida en el momento mismo de producirla.» Comprendí que la escritura, como el bisturí de mi padre, cicatrizaba las heridas en el instante de abrirlas e intuí por qué era escritor. No fui capaz de hacer el reportaje: acababa de ser arrollado por una novela.
 
Tener el punto de mira en un objetivo o estar en el punto de mira del momento exacto en el que la cotidianidad va dispararte una ruptura, exige atención. Todo detonante de creación implica la curiosidad y la versatilidad con la que se desarrolla la trama de villanos y policías en el jardín donde juegan los niños, también es necesario saber desprenderse del territorio salvaje del juego, y tener muy claro las convicciones, y las miserias que te impulsan a crearlo. 
 
A propósito del juego y el niño en la creación, el poeta inglés Wordsworth escribió un poema enorme no por la extensión, sino por el peso de cada palabra. Si pensamos en una reconfiguración es imposible que este poema no tenga ese efecto.   
Mi corazón salta cuando contemplo
un arco iris en el cielo:
así fue cuando comenzó mi vida;
así es ahora que soy un hombre;
así será cuando envejezca,
¡o me deje morir!
El niño es el padre del hombre;
y desearía que mis días estuviesen
enlazados unos a otros por piedad natural
 
La italiana María Montessori en su libro la Antropología pedagógica recupera una frase del poema de Wodsworth y lo complementa diciendo ““El niño necesita ser reconocido, respetado y ayudado. El niño es el padre del hombre.” La forma en la que hemos enfrentado la infancia nos da el cordel del camino que recorremos en una actualidad. 
Preparar el punto de mira o ser apuntado por el detonante creativo, es transportarnos a la geografía que se construye con la dinámica de volver a sentirnos conmovidos otra vez por el mundo, no importa cuántas veces hemos visto pasar un camión debe seguir pareciéndonos una ballena rabiosa. 
 
La reconfiguración de la creación radica en el espíritu de la admiración por lo que nos rodea y en ese sentido es un proceso de volver a educarnos todo el tiempo. Apuntar con el arma cargada a un punto es aceptar la posibilidad de también no decir nada, esa opción también es una vitalidad. Escribir una carta es una forma de salvarnos. 
En su breve diario de duelo, Marie apunta con obsesivo detalle los últimos días que vivió con Pierre, sus últimos actos, las últimas palabras. Es la incredulidad ante la tragedia: la vida fluía, tan normal, y, de pronto el abismo. La muerte mancha también nuestros recuerdos: no soportamos rememorar nuestra ignorancia, nuestra inocencia (Montero 2013: 56)
El acto creativo sirve para construir una posibilidad diferente de lo que nos tocó enfrentar, a pesar de no saber el sacrificio del amor y menos aún la muerte del adiós. 
 
IV. Martillo   
Uso y efecto: Al activar la parte inferior del martillo se obliga al disparador a retroceder, comprimiendo su muelle hasta que su diente del extremo superior queda retenido por el diente inferior del martillo. Los muelles recuperadores están tensados. El disparo se produce al presionar levemente el disparador, zafándose éste del diente del martillo. El martillo avanza por la acción de su muelle recuperador y golpea a la aguja percutora, produciéndose el disparo. (Manual de armamento y tiro para vigilantes)
 
Toda palabra escrita conlleva a dos territorios; uno es el que dibujamos como un código universal y otro es el que se liga a nuestra geografía personal. Cuando nos disponemos a escribir no hacemos otra cosa más que prepararnos para confeccionar un lugar menos hostil para nuestra alma. Una buena historia nos conduce al menos a dos textos paralelos, uno es el que se va desarrollando en la superficie de la narración, el otro está oculto y es en el que se van urdiendo otras cosas, ese suele ser el que nos atrapa, nos conecta con nuestras pérdidas. 
Todo acto de creación recupera, sacrifica, roba, presta y renueva nuestra condición de seres en el mundo, reconocemos lo que es cercano a nosotros por la capacidad que inventamos para nombrar orillas de descanso y sobrevivir a  todo lo desconocido. Traemos hacia nosotros, lo que no, conocemos a través de lo que inventamos para que el tiempo no nos abandone. Wittgenstein inicia sus Investigaciones Filosóficas, con una cita de las Confesiones de San Agustín.
 
Cuando ellos (los mayores) nombraban alguna cosa y consecuentemente con esa apelación se movían hacia algo, lo veía y comprendía que con los sonidos que pronunciaban llamaban ellos a aquella cosa cuando pretendían señalarla. Pues lo que ellos pretendían se entresacaba de su movimiento corporal: cual lenguaje natural de todos los pueblos que con mímica y juegos de ojos, con el movimiento del resto de los miembros y con el sonido de la voz hacen indicación de las afecciones del alma al apetecer, tener, rechazar o evitar cosas. Así, oyendo repetidamente las palabras colocadas en sus lugares apropiados en diferentes oraciones, colegía paulatinamente de qué cosas eran signos y, una vez adiestrada la lengua en esos signos, expresaba ya con ellos mis deseos (Wittgenstein 1999: 8).
 
Disponerse a escribir una historia es a la vez escribir nuestra historia, con esto no me refiero a la autoficción o a ninguna referencia de estrategia biográfica de autor, sino al contrario me refiero a algo más profundo. Me refiero a lo que el siempre acertado Wittgenstein recupera, escribir es el ritual de aprender a nombrar de nuevo las afecciones del alma, a partir de la repetición y la conservación de aquello que la gente mayor ha dibujado. En esa medida el estar a punto de disparar una historia nos lleva a un instante de silencio, a un instante de recuperación, a un instante en el que solamente el aparecer del suceso cuenta, el contarlo viene de golpe como tormenta pero antes sólo es cielo gris, o luminoso, uniforme, sólo el cielo. 
 
Liam Gallagher el vocalista de Oasis en un documental acerca del surgimiento de nuevas bandas inglesas, le piden que explique el sentimiento acerca de los primeros ensayos que articulaban como banda en Manchester en el verano de 1991, simplemente dice al respecto: “Durante 30 días no llovió y salió el sol sin falta, era un cielo esplendido, no hubo día que no levantara la cabeza para verlo; pero estoy seguro que nadie más se dio cuenta de aquello.” La creación sintoniza con la ruptura de lo cotidiano, el acercarse a ella implica mantener el pulso firme y estar seguros en activar el martillo, implica en hacerse cargo de la responsabilidad de contar algo. Lo siguiente es cuestión del fuego y sus metáforas de sombras.
 
Cargar una historia implica sumergirse en lo más profundo de los fantasmas que tenemos, en lo más delicado de nuestros difuntos. Cargar una historia es prestar atención a esa enormidad microscópica que a veces ignoramos y se nos presenta todo el tiempo en eso que reconocemos como espejo. Stella Díaz Varin escribió.
No quiero
Que mis muertos descansen en paz
Tienen la obligación
De estar presentes
Vivientes en cada flor que me robo
A escondidas
Al filo de la medianoche
Cuando los vivos al borde del insomnio
Juegan a los dados
Y enhebran su amargura.
 
Escribir de alguna manera es el ritual a todas esas veces que hemos muerto en una despedida. En cada configuración literaria, el lector muere un poco, porque termina dejando algo para siempre. Por eso escribir es un acto de fe, es un entramado de rituales, un juego peligroso, es jalar el martillo y apretar los dientes para también de alguna forma recibir el impacto, es poner en buen recaudo lo que hemos querido, a los que están o ya se han ido. 
Detesto los discursos de arquitectura racional en la construcción de un texto o los souvenir en la obra como artefactos aletargados para que funcionen como salas de espera. Detesto la literatura como pieza fría de plomería. Me genera ruido insoportable y termina escondiendo o desviando algo eternamente más necesario para vivir, y eso es qué; necesitamos de la invención como camino de sobrevivencia, a la vez que necesitamos que la invención nos teja para sobrevivir. Porque la vida es insoportable sin rezarle a los muertos; Príamo el rey troyano en  la Iliada ya nos enseñó eso. 
 
V. Disparador  
Definición de la RAE: Pieza donde se sujeta la llave de las armas portátiles de fuego al montarlas, y que, movida a su tiempo, sirve para dispararlas.  
El acto de la creación, implica el asumir un papel, que esté, a la altura de la pregunta más fundamental que busca el sostén de lo que hace que uno cree. Y esa respuesta inevitablemente será la que temple el ánima de un oficio. Trabajar con la palabra escrita, es un juego de dejarse y recuperarse de a poco; pero siempre volver al punto de partida, al de la fascinación, de la ética, del cuidado y de la autocrítica.  
 
A la hora de escribir descubrirán que el cuerpo duele, que los días de encierro se acumulan, que los verbos se retoban, que las frases pierden su ritmo, que el tono se escabulle. Y, al terminar de escribir, se sentirán vacíos, exhaustos, inútiles, torpes, pero se sentirán aliviados. Y entonces, en pos de ese alivio, se dirán: nunca más. Y en los días siguientes, en pos de ese alivio, se repetirán, muy convencidos: nunca más. Y hasta les parecerá un buen propósito.
Pero una noche, en un bar, escucharán una historia extraordinaria.
Y después una mañana, en el desayuno, leerán en el periódico una historia extraordinaria.
Y otro día, en la televisión, verán un documental sobre una historia extraordinaria.
Y sentirán un sobresalto.
Y estarán perdidos.
Y estar perdidos será su salvación.
 
Queda, por último, preguntarse si tiene sentido. (Guerreiro 2014: 52)
Hay dos formas de pensar la reconfiguración; una es desde la concepción de académico, si lo hacemos desde esa posición. Entonces tendríamos que acentuar nuestra reflexión en algún elemento histórico y la contra propuesta en otro tiempo. Tendríamos que escribir acerca de si existe una postura conceptualmente estructurada que manifiesta una estética y ética de una propuesta literaria o es más una cuestión azarosa, o es simplemente un discurso de clase y no generacional. Tendríamos que pensar en las estructuras discursivas que generan representación de un determinado aparato lector. Tendríamos que hablar de movimientos y cualidades generacionales. Tendríamos que pensar en las formas de producción y reproducción de obras, en los nuevos soportes que se consideran para publicar y en las estrategias de la industria comercial e independiente. En otras palabras desde la mirada del académico deberíamos atender la forma en la que se interpreta el concepto funcional de reconfigurar. Pero en el fondo estaríamos atendiendo la siempre conflictiva relación entre la tradición y la innovación.
 
La otra forma de pensar el término es desde el fondo. Es decir, qué, me conmueve el momento en el que yo me enfrento a un libro y en la misma medida, qué, me conmueve a escribir uno y decir algo sobre uno. En ese plano nos internamos a una pregunta más constitutiva del acto de la creación; por qué escribir y qué representa eso para mí. Que no es otra cosa más que asumir una vocación clara en el oficio. Es decir, que estoy configurando y que estoy reconfigurando desde mi discurso. Si es el caso de que crea que estoy haciendo alguna o las dos cosas, pero evidentemente se debería hacer alguna o todas. Al atender desde esa forma la idea de reconfiguración, sería una exigencia pensar, de qué manera mi posición aporta no sólo al aumento de producción escrita, sino a generar espacios de lectura, en lo personal pienso que es también tarea del escritor. Entonces preguntarnos por el fondo de la reconfiguración es también poner en evidencia una carencia de la literatura actual de nuestro país; la falta de generosidad, de entrega, de escritura crítica, de curiosidad, de estudio que como individuos interesados en la literatura tenemos hacia el otro, el otro más prójimo, más geográficamente amigo.
 
Pensar en la vitalidad que asume el concepto de reconfiguración a pesar de todo intento por ser amables trae consigo polémica, confrontación entre las demandas de una posición y otra. La reconfiguración de la creación en las letras tiene que abarcar un riesgo, que esté dispuesto a mirar no lo epidérmico del asunto, sino más bien intentar internarse a lo más profundo, de lo contrario solamente generamos mucho ruido.
Pierre Boileau y Thomas Narcejac se conocieron en 1948. Hasta entonces, habían llevado una carrera literaria de relativo éxito. Éste se disparó cuando formaron pareja literaria. Juntos escribieron una treintena de novelas policiales, algunas ya clásicos del género. Su método de trabajo era sencillo y cada uno asumía un rol definido. Boileau vivía en París e ideaba las tramas. Thomas Narcejac, en un pueblo de la Bretaña, redactaba los textos, ahondando en la atmósfera de la novela y la personalidad de los protagonistas. En una ocasión, Narcejac advirtió durante la redacción de una de las obras que el ruido que haría un arma de fuego dificultaba el argumento de Boileau. Éste, desde París, le respondió inmediatamente vía telegrama, olvidando que se trataba de un documento semipúblico: «Descartemos el revólver. Probemos con veneno». Sólo una hora después de enviarlo, la policía rodeaba su casa para someterlo a algunas preguntas.   
 
La reconfiguración en la creación es una idea amplia que abarca esencialidades amplias y necesarias como el estudio de la cronología literaria de un país y sus particularidades contextuales, o los soportes y los marcos de expresión. Aunque por definición inmediata pareciera que no existe forma de evitar la fuerza con la que atrapa ese huracán. Pensar la reconfiguración de la creación inevitablemente nos confronta a inhalar un aire para eso que apuntamos como una tradición y eso otro que queremos disparar como innovación. A pesar de que como escribía mi amigo Richard; Quizás todo lo que he desarrollado no sea más que un sueño, un error o un deseo; pero queremos asumir el hermoso riesgo de creerlo. Yo he querido hablar de cosas imposibles porque de lo posible se habla demasiado. Por eso pensar la reconfiguración en la creación de nuestras letras es evitar el ruido y respondernos desde el centro del silencio lo que nos hace falta escribir, leer, hacer, vivir. Descartemos el revólver. Probemos con veneno.    
 
  
 
 
 
Texto leído en el Octavo Foro de Escritores Bolivianos, organizado por el Cetro pedagógico y cultural Simón I. Patiño.
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