Literatura
 Fecha:22/07/2017

Reconfiguración de la Creación Literaria en Bolivia
Que la Ficción deje Tallado a Fuego en el Alma
Por Amalia Decker

Foto:Centro de Literatura Boliviana/Amalia Decker
-Foto:Centro de Literatura Boliviana/Amalia Decker
Foto:Centro de Literatura Boliviana/Amalia Decker
 
 
No soy una estudiosa de las tendencias literarias. Soy apenas una lectora desordenada pero selectiva. Confieso que tengo algunos años esquivando lo que Bolivia produce, con salvadas excepciones. Y los últimos tiempos han sido verdaderamente prolíficos y seguro que con páginas de excelencia. Pero no cargo pesadas culpas por ello. Sé que la vida no me alcanzará para leer todo lo que quisiera. Por lo que, quizá, injustamente, he dejado estás lecturas en un segundo plano. Además, el vicio de leer, a veces me lleva a la relectura. A repasar y darle vueltas a algunas creaciones que me han impactado hasta dejarme cicatrices o alegrías en el alma. 
Me declaro también aprendiz de escritora y confieso que me he volcado al oficio con placer y comodidad. Sentirme conectada, a través de mil espejos con otras vidas es un verdadero privilegio: los sueños, las frustraciones, las querellas o los miedos arden como estopa a través de la escritura. Es como si se entrara por un túnel oscuro, que va lentamente iluminándose en la medida que se avanza. La travesía parece convertirse en un destino manifiesto hacia la personal liberación, sobre todo, cuando la historia que uno ensaya narrar se convierte en metáfora. Esto es lo mío, lo que me centra, mi zona de comodidad. Salirme de ella me produce un vacío en el estómago. Porque cuando lo hago, ya no soy yo quien se expresa con libertad. Son textos ajenos los que se cruzan con mis ideas. Impera el ayudarse de ellos por la necesidad de armar una visión más o menos coherente de lo que está pasando en el mundo literario de hoy y para aprehenderlo se necesita la visión de otros más adelantados, más especializados, mejores observadores.
 
La reconfiguración de la creación literaria en Bolivia es el tema elegido por los auspiciadores de este coloquio. Lo primero que me ha invadido el pensamiento e incluso el ánimo, al enfrentarme al contenido del tema, ha sido la duda antes  que certeza. ¿No será pretencioso hablar de la reconfiguración literaria en nuestro país como un hecho aislado?  ¿No somos acaso el reflejo de lo que viene pasando en nuestra región y el mundo? Y, no me estoy refiriendo sólo al hispano parlante con sus infinitas y bellísimas variantes, sino al universo literario en general, el que ha roto barreras gracias a la tecnología y a la velocidad de la información. Reconfigurar o configurar es marcar una nueva tendencia literaria, una nueva estética, una nueva narrativa y por supuesto con un lenguaje acorde a los tiempos de la globalidad. La pregunta es: ¿Ocurre eso en la literatura boliviana actual? 
Es cierto que en menos de una década ha surgido en nuestro país, una pléyade de jóvenes escritores. Pero, no es menos cierto que una buena parte de ellos edita sus libros de manera artesanal, sin ninguna conexión comercial; incluso, en estado de arrebato, algunos sostienen que esa condición es la más importante porque de ella depende su libertad creativa. Escribir lo que les manda el cuerpo, lo que les exige su propia visión, en definitiva, escribir lo que les viene en gana. Sólo el tiempo dirá cuántos quedaran en la arena con la tozudez que este oficio requiere.
 
Indudablemente, el éxito de escritores bolivianos en el exterior ha traído consigo nuevos vientos. Algunos de nuestros colegas han cobrado notoriedad al haber alcanzado la satisfacción de obtener premios literarios internacionales. Destaco de pasada, casi de contrabando que la mayoría de las premiadas han sido mujeres. Hay pues, ni duda cabe, un movimiento literario dinámico, al que acompaña una mejor difusión nacional. Además es reconocible que algunos de nuestros escritores empiecen a publicar en el exterior. Eso se agradece, porque viene acompañado de muchos otros beneficios. El primero y quizá el más importante, es que ya no somos el país aislado, oculto entre montañas o perdidos en los llanos. Ya no somos una tierra ignota en el mundo literario global.
 
Esta realidad conlleva en primer lugar a la posibilidad de abrir nuestra mente y nuestros sentidos a lo nuevo del mundo. A la inmensa posibilidad que nos regala el intercambio. Al potencial desarrollo de nuestra capacidad de interactuar con nuestros pares, con narradores de otros países y de otros continentes. Los beneficios no se quedan en espacios estancos, retornan y se amplían. Hay pues un aprendizaje constante e imparable. Toda industria humana que concluye  en forma de libro, desde lo más importante que es la creación que nos compete a nosotros, pasando por nuevos emprendimientos  editoriales e incluso por el avance constante  de nuestras ferias Internacionales del libro en La Paz, Cochabamba y Santa Cruz han hecho lo suyo. Así pues con tropiezos, con dificultades, los buenos caminos se están haciendo en nuestra andadura y empezamos a caminar por ellos. 
 
Pero esta positiva realidad  no debe compadecerse con la benevolencia hacia nosotros mismos. Un sentido de completud puede generar pésimas autocomplacencias. Como esta, la de proponer o suponer que hay una reconfiguración del quehacer literario. Gozamos de mejor salud, definitivamente sí.  Hay un nuevo movimiento literario, no cabe la menor duda; sobre todo pensando en la riqueza que nos aportan ciertos escritores jóvenes, en los que confluyen una diversidad de estilos, pero no creo que hayamos llegado a un punto en el que podamos hablar de reconfiguración. 
Comparemos pues nuestra experiencia con los grandes movimientos estéticos y colectivos augurales como el romanticismo, el  modernismo, el surrealismo o al quiebre que se produjo cuando irrumpió la literatura urbana, abandonado el bucólico campo para sumergirse en la selva de cemento de las ciudades con su propio lenguaje, más directo, menos ampuloso, más auténtico y menos barroco. Todos ellos fueron mucho más potentes que los momentos actuales.
 
Quizá el tema de debate  esté más cercano al que devino de los años 60 y que viéndolo con espíritu laxo es el debate de siempre, o sea un falso debate. Si la creación literaria debe vincularse a la realidad, es decir a las angustias y a las utopías del hombre corriente en el espacio y en el tiempo de ahora. O quienes creen que ha llegado el momento de levantar un parte-aguas con la categoría estética y con los rasgos de las obras literarias con un ancla en la realidad.  A estos últimos hay que agregarle un matiz: que hacen una delimitación estricta en materia generacional. Ven a la literatura que confronta la realidad como ingenua y pretenciosa. Y más bien entienden a la literatura exclusivamente como un instrumento de entretenimiento y distracción. Lo que esperan de sus obras es solamente, regalarle al lector unas horas fuera del tedio y la rutina.
 
 El debate es antiguo. Fue hace medio siglo. Sartre, el más conspicuo representante de la literatura comprometida con la ideología, se hizo una profunda autocrítica, luego de que asumiera su fracaso político desde la literatura. Decepcionado, terminó anunciando a  sus seguidores políticos y al mundo literario en general, que la palabra no trajo consigo la acción y el cambio esperado. Y que al carecer ella  de poder,  la literatura sólo debiera ocuparse de la estética, de la belleza de la palabra, de la construcción de su propia realidad autónoma y sin posibles determinaciones de un referente exterior.
 
Con la invención de la novela moderna en los caminos de la Mancha, los personajes se dividen los papeles. El caballero con sus ensoñaciones de aventuras épicas y el escudero que apuraba su existencia en los asuntos de todos los días. 
¿Será una nueva escuela, la de los jóvenes literatos, que propone el extremo alejamiento de una literatura anclada en la realidad y por ende también el rechazo y desprecio profundo a la política? No lo sé pero con esta  idea es con la que coronan el supuesto de que la literatura es, fundamentalmente, diversión y entretenimiento. A veces los extremos pueden volcarnos hacia caminos tortuosos de pensamientos equivocados. Por eso pienso que la obra literaria debe encontrar un punto intermedio que nos aleje de la caricatura del arte y por supuesto  de la literatura en el mero realismo del cambio. Ay, qué mamarrachos los que se han producido en su nombre. Pero también pienso que apartarnos con el mismo fervor de la idea contraria y convertir a la literatura en un circo de Solei, por muy pulcra y talentosa que ella sea, puede ser también peligrosa para la propia literatura. 
 
Sobre este tema –la literatura sólo como entretenimiento- la autorizada voz de Mario Vargas Llosa, sostiene que si así fuera, estaríamos apuntando hacia un proceso irremediable de empobrecimiento que la llevaría a diluirse y a desaparecer. En una sociedad globalizada, donde han surgido tantas y tan diversas formas de entretención masiva, a través de los grandes medios como el cine y la televisión, y a los que hay que añadir las, cada vez, más crecientes redes sociales que, además se apoyan en las nuevas tecnologías, el libro quedaría rezagado. Sólo unos pocos no sucumbirían al encanto del entretenimiento fácil, aquel que no requiere ningún esfuerzo intelectual. 
Sostiene, además, el premio nobel que el escritor no puede eludir su responsabilidad más allá de lo puramente estético. La novela es, dice V Llosa, el género más envenenado de humanidad. Y mirándose en ella, debe estar atravesada por el amor y el sufrimiento, consecuentemente,  aunque suene fatuo y quizá demodé, añado yo –debe transitar en medio de un contexto político social. En síntesis, en ella, deben comparecer todos los elementos de la humanidad. Y si hubiera  ausencia explícita, el lector debiera sentirlos o intuirlos para vivir una buena ficción. Es verdad que el centro de una construcción literaria es una vida inventada, una vida de mentira. Sin embargo, si es verosímil estará bien lograda, llegara a la sensibilidad del lector, y le dejará  un sedimento en la memoria. Un lector ávido -dice el mismo escritor- es un ciudadano crítico. Mientras haya buena literatura, no habrá poder que convenza a los lectores de que todo está bien. De ahí la responsabilidad del escritor a la hora de juntar letras con el alma en un contexto social. 
 
Si uno mira para atrás y revisa las viejas y, para mí, vigentes grandes novelas, encontraremos plasmadas en ella, ese contexto social al que hago referencia. Yo, por ejemplo, me sigo emocionando hasta las lágrimas cuando vuelvo a leer  a Flaubert, quien además, dicho sea de paso, aborrecía la política y, no por ello, dejó de escribir su gran novela, Madame Bovary, obra, deliciosamente enmarcada en un contexto social y político. No se trata pues de hacer política ni revolución con la literatura, sino escribir una obra cercana a la humanidad.
Lo mismo se puede decir de novelas tan alejadas en su trama a la que acabo de poner como ejemplo. La uruguaya, Carmen Posada, la oí hace poco en una entrevista, quien confesaba que había entrado al género policiaco con su novela Agatha, en homenaje a esa singular escritora inglesa, a veces injustamente, despreciada por su gran capacidad creativa y productiva, Agatha Chritie,  dice, Posada,  no se  quedaba sólo en el potente e inteligente desarrollo del misterio de un crimen sino que sabía describir con acento magistral la sociedad de su época, la única parte del orgulloso imperio británico. O, la ahora, tan de moda novela negra que también constituye una radiografía del bajo mundo.
 
Leer un libro, una novela, no sólo permite vivir una experiencia, quizá escaparse por horas de un mundo que podría ser aburrido, sino que además nos enriquece y enseña. Todos los lectores apasionados, entre los que modestamente me encuentro, pueden dar fe de ello. Entonces, al igual que los viejos y eternos escritores, me niego a pensar que la literatura sea sólo un juego. Una obra literaria, además de entretener, de dar placer, deja algo en el fuero interno del lector. 
Para aterrizar sobre el tema  para el cual he producido estas líneas  de reflexión, déjenme contarles una pequeña anécdota. Hace poco menos de un año, participé junto a otros escritores en un encuentro de maestros. Fuimos convocados por nuestro sello editorial. Una buena iniciativa y una gran oportunidad para dar a conocer nuestras obras, interesarlos en ellas y ojalá para que pudiéramos formar parte de las bibliotecas de sus respectivos colegios y convertir a sus alumnos en nuevos y animosos lectores. A la pregunta retórica de por qué escribíamos y qué esperábamos de nuestras obras, un joven escritor, sostuvo y con absoluta convicción de que él no tenía más pretensión de que lo leyeran y se entretuvieran un rato con ella. Con eso -confesó el colega- se daba por satisfecho y que de ninguna manera pretendía dejar en el lector nada y menos enseñarle algo. 
 
Como estas opiniones he escuchado otras que intuyo que disparan en la misma dirección, la de marcar una diferencia, otra vez,  generacional.  Sostienen los jóvenes escritores que no se sienten tocados por las dictaduras que ellos no vivieron y que, por suerte,  no caminan con  ningún karma que los arrastre o comprometa literariamente. A pesar de que escribir es un trabajo en solitario y que la elección o más bien la posesión que hace de nosotros el tema, al menos en mí caso, no pasa por concesos de ninguna índole, se me antoja que quienes piensan así descarnadamente, debieran revisar el pasado y estoy segura  que allí encontraran una señal autobiográfica (en el sentido más lato del término: una historia de una misma,  o del abuelo, o de la tía o de los propios hijos), se convierten en un impulso invalorable para lograr verosimilitud, piedra angular,  fecunda y condicionante de una narrativa de ficción. 
El ser humano sólo se entiende como  un individuo social. Así ha sido la historia del mundo, desde el paso de nuestros abuelos, los homo sapiens que se han desarrollado, avanzado y crecido  a partir de esos hombres encorvados, peludos, de manos inhábiles para aferrar instrumentos, hasta el hombre de hoy. 
Perdonen este arrebato, un alegato a la necesidad de lo que yo creo,  de que las letras vayan armándose en historias que contemplen, de una u otra manera, nuestro intrínseco carácter social. Considerando siempre, claro está, que la creación literaria y el oficio de escribir, son oficios completamente individuales.
No me resisto a no decirles que ahora que va a ocurrir el cincuenta  aniversario de la llegada y muerte de un aventurero heroico a nuestro país, estoy segura que volverán a recrearse páginas y páginas sobre su vida. Incluso habrá algunas de ficción. 
 
 Los escritores, ya lo he dicho, somos seres individuales, distintos y que usamos métodos diferentes a la hora de escribir. Cada quien se dejará seducir por una idea de acuerdo a sus propios deseos, sueños, capricho o probablemente a sus fobias. De tal suerte que el rechazo a episodios históricos o hechos del pasado carece de fundamento. La elección del tema a escribir, reitero, es individual, a no ser que se la haga por encargo, el que también se puede rechazar; por supuesto, sí el escritor ha resuelto lo prosaico: cómo y con qué vivir. 
Permítanme volver brevemente a al tema de la dictaduras. Hay algunas que fueron tan arrolladoras que aún son capaces de imponerse como temática a hermosas novelas. Ese es el caso de la escritora española Almudena Grandes, quien todavía reinventa y teje historias a manera de los episodios nacionales de Benito Pérez Galdoz, en su serie, Episodios de una guerra interminable, con obras conmovedoras  como Corazón helado o Inés y la alegría, novelas bellamente ancladas en la realidad; o el escritor Javier Cercas con su obra, Soldados de Salamina. ¿Será que los españoles no se han curado todavía de las heridas que les dejó la guerra civil española y que por ello todavía cargan consigo ese karma? Otra que no la quiero dejar de nombrar es La fiesta del chivo, novela de Vargas Llosa que, como ustedes saben, está referida a la larga dictadura de Trujillo en la República Dominicana. O ese magistral y conmovedor paseo por los momentos estelares de la historia del siglo pasado que nos ofreció Leonardo Padura en El hombre que amaba a los perros.
Estoy segura que los jóvenes, con el aporte de su talento puedan contar historias estremecedoras de la realidad en forma de novela. Hay todavía espacio para que la ficción deje tallado a fuego en el alma, sin que eso se degrade en dirección al panfleto.
 
 
 
 
Texto leído en el Octavo Foro de Escritores Bolivianos, organizado por el Cetro pedagógico y cultural Simón I. Patiño.
 
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