Cine
 Fecha:18/04/2017

Fragmentado: Dr. Jekyll o El Hombre Lobo
¿Quién ocupa tu silla?
Por Ada Zapata Arriarán

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Un nuevo tratamiento del tema, una versión más compleja nos depara Fragmentado(2016) del director hindú M. Night Shyamalan. El extraño caso del Doctor Jekyll y el Señor Hyde, novela escrita por Robert Louis Stevenson en 1833, se transformó en Dr. Jekyll and Mr Hyde (1912); film dirigido por Lucius Henderson. El trastorno psiquiátrico donde una misma persona tiene dos o más identidades, tomaba vida para aparecer luego en innumerables adaptaciones cinematográficas.
 
En Fragmentado vemos como el solo cuerpo de Kevin Wendell Crumb (La Horda), atrapa a tres adolescentes para devorarlas y convertirlas en carne de sacrificio. La ficción de Split o Fragmentado ofrece una revelación aún más interesante: descubrimos que el trastorno de las múltiples personalidades, o trastorno de  identidad disociativa (TID), puede ser una puerta a lo sobrenatural. Entonces despierta en  la redondez del film esa otra veta de terror, imaginario de un sinfín de expresiones góticas: El Hombre Lobo, la bestia entregada a sus impulsos, atacando mujeres; equilibrándose en la difuminada orilla de la impulsiva animalidad y la racionalidad humana. Este tema cinematográfico fue iniciado en 1935 con El Lobo Humano dirigido por Stuart Walker. En Fragmentado, la sugestión de la cacería de la bestia está presente desde las primeras escenas de flash back, donde la pequeña Casey (Izzie Coffey)  es instruida, por su padre y su alegre tío, para dominar a las fieras en el bosque. Paradójicamente la carnicería comienza cuando la niña (caperusita roja ante el  incestuoso lobo humano) es violada por uno de sus protectores. 
 
La entrega es un modo de ser. Múltiple es la entrega de veinticuatro personalidades, atrapadas en la habitación oscura de un cuerpo, para levantarse de su silla, salir a la luz, y vivir la aventura de consumar un desagravio. El escenario donde la víctima se vuelve victimaria no es nuevo, pero en Split  se llena de nuevas sutilezas. La perplejidad del director hindú en sus planteamientos nos entrega planos extrañamente luminosos: encuentran a su actriz en el cuerpo de una niña y  pueden crear una singular atmósfera con tan solo un rostro y el brillo dilatado de una larga mirada. Algo similar suscita Anya Taylor-Joy, el mismo personaje, Casey, en su versión adolescente y menos inocente.  
 
Si la fragilidad de Casey es una de sus mejores cartas, Shyamalan nos exhibe el contrapunto: el escindido protagonista (James McAvoy) obligado a comparecer con el recuadro de sus bailarines ojos azules ante la belleza longeva, la inquisidora psiquiatra (Betty Lynn Buckley). Ojos en ligero zoom que  harán vislumbrar en la luz, nueve de las veinticuatro sospechas llamadas identidad levantándose de su silla, y asomándose, o fingiéndose otras, para esconder el secreto que guarda  el  único y solitario cuerpo de La Horda. Palpablemente el transformista McAvoy no precisa de maquillaje o cambio de vestuario llamativo y, como en el mejor teatro, cambia de identidad sin muletas.
 
Como dijimos la fascinación crece cuando Shyamalan saltando a la ficción del terror psicológico, desliza sobre el personaje emergencias supernaturales, maravillosas posibilidades referidas a lo que es capaz de hacer la mente para  cambiar la química del cuerpo, el éxodo al inconsciente profundo o la libertad más primitiva: La Bestia, tan libre, no obstante, como los animales enjaulados del zoológico, donde La Horda trabaja como gris portero. 
 
En su sobriedad, el director exagera deliberadamente algunas actuaciones. No saber si reír o llorar  ante el juego y  el desfallecimiento de las personalidades que se desviven por ser el foco de atención de sus víctimas, es también una reacción empática. Por otra parte Shyamalan sugiere una inesperada reacción al contagio, un devenir-animal lo llama Deleuze: La simbiosis animal y humana, donde el deseo, es decir el devenir, se apodera del ser o la sedentaria opresión de la mismiedad, y toma el control (Deleuze,Gilles and Felix Guattari.Mil mesetas).
 
En  el mismo sentido, esa humanidad descompuesta logra atraer algo de nuestra propia naturaleza inquieta: la falta de certeza, la flaqueza de que el yo, en última instancia, es una ilusión de normalidad. ¿Qué tan peligrosos podemos llegar a ser con una imaginación sin control, qué tan enfermos o desolados estamos con el diagnóstico de normalidad en el desteñido  rebaño que no es La Horda? La extravagancia, está en el hecho de que la personalidad escindida trabaja con el desconocimiento de las otras posibles entidades. Ese depósito absurdo llamado inconsciente, donde se encuentra una familia, la especie. Donde cada uno de nosotros podría ser víctima-victimario de sí mismo.
 
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