Cine Boliviano
 Fecha:10/03/2017

El Viejo Calavera
Ecos y reflejos de la oscuridad
Por Ada Zapata Arriarán

Afiche de El Viejo Calavera
El Viejo Calavera-Afiche de El Viejo Calavera
Afiche de El Viejo Calavera
 
Ahora la película de Kiro Russo gana la competencia oficial de ficción del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias en su versión 57. 
¿Qué caracteriza a El Viejo Calavera?, sin duda hay originalidad, una vitalidad de cielo deslumbrante y montaña viva, fotografía suscitada por Pablo Paniagua. Por otra parte el espacio y el movimiento de muchas escenas se construye con la precaria luz de una linterna. Descender la oscuridad de la caverna, hacerla protagonista, como un ingrediente que cocina y remueve el relato, es el acierto de Kiro Russo y Gilmar Gonzáles, en las minas de Huanuni. Sumergirse en la tintura del agua para desaparecer, y compulsivamente en el alcohol y otras drogas, como lo hace el joven protagonista, Elder Mamani, apunta al gesto invisible de la vida del inconsciente. Esa vida que narra a través de precarias y repentinas rupturas de la forma realista del film.
Siendo así, fabricar la emoción en el cine boliviano, recordando la paciente receta del cine invisible, donde menos es más, se vuelve tentador. Sin embargo, ya se dijo, El Viejo Calavera, hecho de minimalistas experiencias sensoriales se desequilibra por alargar innecesariamente la película.
 
Hecha la distancia, sabemos  que la ficción de El Viejo Calavera interactúa con la estética documental. Mineros reales miran la cámara: una sucesión de rostros descubren una geografía de  facciones singulares. Tan incómodos como naturales, los mineros actúan como un solo cuerpo en la montaña. Individualizar y mostrar la vida del clan, con humor en medio de la tragedia, es lo que se intentó con artificialidad en Los 33, película chileno-estadounidense, dirigida por la mexicana Patricia Riggen, que cuenta el derrumbe de la mina San José.
 
Con otra pose y en otro espacio, tal vez sin quererlo, Kiro Russo vuelve a Martín Boulocq: Elder Mamani es el huérfano regresando al pasado de casa del padre, al mundo de los viejos calavera, mineros; astutos saltarines de la muerte en dinamita, por túneles de abeja. Gusanera de hombres envueltos en polvo de montaña, esta corporación, “el nombre del padre”, sepulta el destino del muchacho insumiso: perturbador y tosudo hijo pródigo. 
 
Gesto efímero es la imagen de la mano extendida en doble vínculo. ¿Pide ayuda o socorre? En dos momentos paroxísticos de El Viejo Calavera: Al inicio cuando desaparece la abuela de Elder y en una pesadilla que anticipa el inesperado final; en ambas escenas la toma señala parálisis, impotencia.  El espectador podría pensar que se trata de una réplica a Zona Sur y sus muñecos humanos extendiendo la mano en las limpias ventanas de la casa grande. Contestación sería ésta oscura burbuja andina que es el vientre de la mina, donde se gestan otras vanidades y nunca se puede salir. ¿La imagen de la mano extendida, es una ruptura deliberada o fallida, por su artificialidad? Quizás un pobre homenaje a Kaurismaqui, que maneja bien  otro tipo de muñecos trágicos: seres que saben cuándo aparecer, pálidamente castrados por la parálisis de la imagen. La película de Kiro es sin duda una historia de crecimiento modelando influencias, recuerda por ejemplo a Lucrecia Martel y el hotel desmoronado de La Niña Santa. La atmósfera del retiro vacacional de los mineros en los Yungas equipara las piscinas contaminadas y el chirriar moribundo de sillas playeras, de Martel. 
 
¿Sabor a alguna toma de Kusturica? Quizás: en la aparición propiamente onírica de El Viejo Calavera. Premonitorios, adormecidos y silbantes,  los sueños en algunos films del director serbio, son una fiesta atroz. Así es Elder en el sueño que se apropia del retiro vacacional, a través del fuego, con una mirada mórbida y amenazante. La película elude a sabiendas la mesa y el altar de El Tío, esa tarjeta  folklórica, tan usada en documentales y ficciones de la mina,  erige  sin embargo una figura entrada en carnes, ambigua por su parca generocidad y dudosa culpa. Se trata del padrino de Elmer, el tío postizo,  en las oscuras minas provable victimario del padre real del muchacho. El padrino, el tío  de pronto especular, reflejado por un espantapájaros, un cuerpo hermético y tieso a punto de caer, suspendido en el sopor, observando, en la pesadilla, el incendio lívido provocado por el trance de Elder Mamani. Ésta mariposa negra en el campo, ésta sombra rígida con sabor a viejo  ¿Quién es? ¿Acaso el viejo aparapita, trastocado por la mueca, y el infortunio?
 
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