Literatura
 Fecha:08/08/2014

Jornadas de Literatura Boliviana 2014
Narrativa nacional siglo XXI
Por Sebastián Antezana

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Sebastián Antezana | Foto promocional
Sebastián Antezana
Si encontráramos una forma de leer en su complejidad la narrativa actual que se produce en el país, si pudiéramos idear un método que logre englobar ese haz de individualidades que son las ficciones de los escritores bolivianos contemporáneos y pudiéramos leerlas de forma conjunta, nos encontraríamos sin duda con un extraño aparato. Eso porque para responder la pregunta –obligada, para todo crítico– de cómo leer la actual narrativa nacional, es necesario, primero, definir qué es la actual narrativa nacional o, por lo menos, por dónde se mueve.
 
Este gesto, por otra parte, cercano al del historiador y al del bibliotecario, encierra ya una trampa. Porque ¿hay, acaso, en nuestro horizonte crítico, más allá de dos o tres líneas de lectura más o menos establecidas, parámetros respecto a la concepción de narrativa boliviana? ¿Existe, en realidad, algo parecido a un horizonte crítico, conformado por el establecimiento de nuestras formas particulares de acercarnos a nuestra producción escrita? ¿Podemos darle alguna forma, una figura más o menos delineada, alguna huella que nos permita un primer acercamiento, a la actualidad literaria nacional? ¿O nos queda simplemente la opción de leer un poco a ciegas, de movernos en un ambiente oscurecido, de orientarnos por el tacto? Confieso mi perplejidad al respecto. No sé, no tengo idea de qué es la narrativa boliviana actual. La leo y la conozco, pero soy incapaz de imaginarla, de decir algo interesante, nuevo o crítico al respecto. Por eso, lo que sigue son especulaciones y lugares comunes, dos o tres ideas quizás un poco flojas y rebuscadas, pero por lo menos bienintencionadas. Sabrán ustedes perdonar.
 
La narrativa boliviana contemporánea vive un momento de diáspora. Si hay un gesto que define sus tendencias actuales, creo, es el de la dispersión. No quiero volver altrillado discurso que quiere encontrar riqueza en la diversidad pero sí reconozco que lo que sucede en narrativa estos días tiene mucho más que ver con una onda expansiva que con el seguimiento de una o más rutas determinadas. Tradicionalmente, se ha leído la narrativa boliviana como un movimiento lineal y ascendente: de las novelas realistas y naturalistas de principios de siglo, se pasa a lo que es una suerte de annusmirabilis, el periodo que va entre 1958 y 1959, cuando ven la luz Los deshabitados, de Marcelo Quiroga Santa Cruz, y Cerco de penumbras, de Oscar Cerruto. Este punto es significativo porque representa un cambio, la generación de un espectro o, por lo menos, de una bifurcación. Según una lectura crítica ya canónica, este fue el momento en que la literatura boliviana se comienza a alejar del compromiso social y el retrato realista y entra de lleno a la ficción autónoma, explorando por lo menos dos caminos distintos. 
 
Estrictamente, no se trató del primer momento de verdadera complejidad y sofisticación de la narrativa boliviana –ciertamente podemos nombrar instancias y autores anteriores– pero sí del primer momento consagrado: la primera diáspora. ¿Por qué? Porque a partir de entonces la narrativa nacional parece producir una continuada serie de pequeñas explosiones que la llevaron a alcanzar distintas cimas, en distintas direcciones, con diversos estilos, explorando múltiples registros. Y entonces surge una conciencia literaria nacional y nacen la novela de guerrilla, la novela satírica, la que se empecina en cierta militancia política, el grotesco social, los sueños que nacen en el Chaco, la literatura de género, etc.
 
Posteriormente, si damos un nuevo salto a algún momento de la década del setentaencontramos tres autores que se han vuelto referentes ineludibles en la historia de nuestra narrativa: Jaime Saenz, Julio de la Vega y Jesús Urzagasti. Y si continuamos dando saltos hasta la actualidad, cincuenta años después del primer momento de reconocida relevancia de la narrativa boliviana y algo más de treinta años después del segundo, podremos tener una idea bastante precisa de cómo van las cosas. Hace un momento decía que la figura que mejor define nuestro presente literario es la de la diáspora, que el gesto que mejor lo condensa es la dispersión. Puede que en este punto peque de una lectura historicista y demasiado esquemática, pero si seguimos esta línea podemos ver una elocuente diferencia respecto al pasado: no hay estilos ni nombres consagrados, claros representantes –voluntarios o involuntarios– de esta generación literaria.
 
Éste no quiere ser un juicio de valor sino, simplemente, una manera de acercarse a describir el estado de la diáspora. Históricamente, las literaturas de los países son representadas por autores o libros que se encargan de ocupar lugares de privilegio y se suceden por generaciones. Lo mismo sucede en las mesas de la narrativa boliviana: después del dúo Quiroga Santa Cruz y Cerruto llegó el trío de Saenz, De la Vega y Urzagasti. Y, después, ahora… algo parecido a la confusión. En las narracionescontemporáneas no hay un estilo que predomine sobre los demás, no hay temáticas que se visiten de forma privilegiada, ni formatos que exhiban gran superioridad frente a otros. No hay escuelas ni movimientos ni búsquedas personales que se impongan. Hay, sí, múltiples escrituras que estilística y formalmente conforman un haz de diversas luces, un espectro. Eso, también, porque de a un tiempo a esta parte el público lector se ha sofisticado y eso ha generado, creo, por lo menos una consecuencia, inesperada pero lógica: el nivel narrativo de buena parte de los narradores bolivianos actuales, pese a lo variado que se muestra, se ha uniformizado .
 
El autor contemporáneo –en realidad, el autor que surgió durante el romanticismo y persiste hoy–, a través de la aplicación de ciertas estrategias literarias y extra literarias, se ha vuelto en buena medida una figura estandarizada. La actitud con la que el autor contemporáneo encara los debates estéticos, los procesos históricos, las vicisitudes políticas ylos mecanismos editoriales desde su escritura, es hoy resultado de un progresivo acostumbramiento a los sistemas de producción cultural –inevitablemente regidos por el capitalismo– y, por ello, es muchas veces similar. Así, debido a que muchos son hoy los escritores parecidos entre sí, muchos son también los libros que parecen cortados por la misma tijera. Igualmente, muchas son las tramas similares, los personajes que remiten inmediatamente a otros, las estructuras y los lenguajes que, pretendiendo ser originales, no hacen sino replicar la misma frecuencia, los mismos tonos.
 
No quiero pintar un panorama totalmente negativo. No quiero decir que estas actitudes son las de todos los escritores nacionales, pero creo que sí pueden aplicarse a parte de ellos, a parte de nosotros –me incluyo, necesaria aunque reticentemente, en el grupo–. Tampoco me refiero, por otra parte, al hecho de que estos últimos años –décadas, en realidad– la figura del autor se haya vuelto cada vez más y más pública, casi una mercancía, un objeto intercambiable; me refiero al hecho de que, en muchos casos, el acto mismo de escribir –y los otros actos que engendra– han devenido en una suerte de mecánica. ¿Por qué sucede esto? A riesgo de equivocarme, diría que la idea que hoy tenemos de autoría nace con la modernidad. Antes, durante el periodo clásico y buena parte de la edad media, el autor existía en función a una comunidad. Desde la modernidad, sin embargo –quizás conjuntamente al advenimiento de la novela–, lo hace en forma individual. La idea de autor como la conocemos hoy nace, entonces, en el momento en que se comienza a definir e individualizar la historia de las ideas, en el momento en que la sociedad descubre la capacidad de prestigio que tiene una firma. La idea de un autor, así, remite inmediatamente a la idea de autoría y, ésta, a la idea de apropiación, a una especie de patente de pensamiento. Y la apropiación solo ocurre junto al concepto de propiedad y éste junto al de compra-venta. Por lo que la modificación histórica del concepto de autoría produjo un ejercicio literario concebido como mera producción, y la producción, masiva, capaz de generar cantidades de objetos para la venta, produjo una homogenización literaria a veces vergonzosa.
 
Pero toda regla, como sabemos, carga en sus espaldas una excepción, por lo que afortunadamente una literatura como la boliviana produjo antes y produce todavía hoy autores capaces de rehuir la estandarización y de escribir una personaly honesta historia de búsquedas. Y esos escritores, esos narradores, son los que generan diásporas y fracturas. Así,en la actualidad existen en Bolivia nombres como Adolfo Cárdenas, Edmundo Paz Soldán, Rodrigo Hasbún, Wilmer Urrelo, Alison Speeding, Giovanna Rivero, Juan Pablo Piñeiro, Maximiliano Barrientos,Liliana Colanzi, Ramón Rocha Monroy y varios más, pero creo que lo que no existe hoy es aquel narrador que, despreocupado de su imagen pública, cambie radicalmente la forma de percibir a la novela y al cuento como géneros. Hay en el país varios escritores, y muy buenos, es cierto, hay novelistas y cuentistas que hoy escriben y que, de alguna manera, consiguen renovar formal y temáticamente los géneros, pero creo que este nuevo siglo no nos ha dado, todavía, un libro boliviano que, verdaderamente, nos ofrezca la posibilidad de pensar de forma distinta, de forma generativa. La actualidad nacional hasta hora no nos ha ofrecido un objeto que, sin abandonar sus características esenciales, es decir, las de ser, ante todo, un complejo aparato ficcional que crea su propia realidad y nos dice algo sobre la nuestra, instituya además una nueva manera de decir nuestra historia colectiva, de plantear nuestro futuro y de mostrarnos algo verdaderamente nuevo, algo que antes no existía en el mundo. 
 
Hay más. Como todo momento de diáspora, el que vive la narrativa boliviana contemporánea es un momento de definiciones. Después de la dispersión llegarán seguramente algunas certezas. ¿Cuáles son los nombres que de aquí a veinte o treinta años perdurarán y serán considerados como nuevos clásicos o, por lo menos, como autores importantes, representantes involuntarios de una época o una corriente o un estilo que dejó huella? ¿Qué autores y qué estéticas sobrevivirán en nuestro imaginario lector como instancias de privilegio, como obras que vuelvan a ocupar un lugar central en la mesa que hoy está vacía? A riesgo de repetir un adagio que seguramente nació con el cristianismo, tendré que decir: “sólo el tiempo lo dirá”. Por lo pronto, el panorama de nuestra novela nacional se ve agitado y convulso. Los caminos transcurridos hoy son muchos: las relaciones de poder, las batallas cotidianas de la intimidad, la vuelta a ciertos autores latinoamericanos, la exploración consciente de las ciudades como espacios capaces de producir ficción y de poner en crisis ciertas concepciones estéticas, la migración, las encrucijadas de la literatura con la historia, la problemática de los subgéneros... Es, en definitiva, un momento de riqueza, de variedad y talento, pero es un momento que no ha consagrado ningún nombre.
 
Los próximos años, con perspectiva y crítica de por medio, seguramente lo harán.
 
 
 
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