Literatura
 Fecha:19/07/2014

LA SUMA POÉTICA DE MITRE



Por Adolfo Cáceres Romero

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Ni duda cabe que Eduardo Mitre es un excelente lector de la realidad; de su espacio, de su tiempo y de lo que le dicen sus modelos de cualquier época, lugar o lengua. Poeta y crítico, su visión de la poesía boliviana es singular y vivencial; es decir, como poeta sabe cómo se gesta un poema y qué hay que hacer para consumarlo. Pero ahora no vamos a hablar de sus estudios; lo que nos interesa analizar es su “Obra poética (1965-1998)”, volumen publicado en Valencia (España), el 2012. Para empezar, le bastó un solo poema para mostrar su capacidad creativa y llamar la atención de Jaime Sáenz, que lo invitó a visitarlo en La Paz (Mitre vivía en Cochabamba). En 1965, en la imprenta universitaria de la UMSS, donde estudiaba Derecho, Mitre sacó su “Elegía a una muchacha”. Un año antes, Jorge Suárez había publicado su “Elegía a un recién nacido”, con notable éxito. En 1961, Pedro Shimose se lanzó con“Triludio en el exilio”, poemas con los que empezó una promisoria carrera literaria, ganando años después el Premio de Poesía Casa de Las Américas, en Cuba (1972), con “Quiero escribir pero me sale espuma”. 
 
Mitre tenía 22 años cuando publicó su “Elegía”; en tantoShimose, lo hizo luego de cumplir 21 años.Hoy por hoy, prácticamente ambos poetas constituyen la indiscutible cumbre de la poesía boliviana. Además, tuvieron que abandonar el país;coincidentemente,afectados por la presencia de los dos dictadores más déspotas y sanguinarios del siglo XX; entonces,Shimose se fue a España, luego del golpe de Hugo Banzer (1971), y Mitre a los Estados Unidos, el mismo año del narcogolpe de García Meza (1980).
 
Un año después de la muerte de su amigo, el poeta Edmundo Camargo Ferreira  (1936-1964), Mitre publicó“Elegía a una muchacha”. Los críticos de entonces lo encontraron nerudiano. Bueno, ¿qué joven al que le gustaba la poesía no lo había leído? Difícil olvidar los “Veinte poemas de amor”que animaban nuestras tertulias. Además, parafraseando a Harold Bloom, podríamos decir que “cualquiera que solía leer algo de la poesía hispana de entonces habrá leído a Pablo Neruda, aunque no lo hubiera leído nunca”. Pero Mitre, además, tenía otros modelos. Desde 1957 ó 58, año en el que Edmundo Camargo retornó de Francia, Mitre --junto a Renato Prada y mi persona-- frecuentaba la casa de Camargo. Era una voz nueva, que le mostraba otros rumbos. Al leer la elegía mitreana, busqué –siempre asistido por Harold Bloom y su “Anatomía de la influencia” (2011)-- sus contactos poéticos. Curiosamente los primeros versos de “Elegía a una muchacha”:
 
“Tu vientre es un acuario
donde luchan
el pez casto y la impureza”.
 
me recordaban“Farewell” de Neruda. Pero lo que me llamó la atención se halla en el final, cuando Mitre dice:
 
“Y es que un diente de ceniza
en celo funeral
te ha hincado sal
ponzoñosa de por vida,
y hay un cuervo atroz,
hay una herida
para cada pañuelo de viento
empapado en tu sonrisa.”
 
 
situándonos en un ámbito poético muy propio de Camargo. La muerte de su amigo le resultó difícil de asimilar; de ahí que hasta “Morada” (1975), esos diez años de silencio los fue llenando con otras voces y nuevos ámbitos; estudió a Rilke, subyugado por el “Libro de las horas”, que lo condujo hacia un lenguaje de plegaria mística, al igual que las 23 “Elegías de Duino”y los “Sonetos a Orfeo”. Ahí se fue forjando su temperamento lírico.Cochabamba era el vacío, la ausencia sin esperanza; pronto emprendió su primer exilio voluntario, en parte siguiendo el recorrido de Camargo, sobre todo en Francia.Estuvo en Niza, hasta 1968, año en el que estalló la rebelión estudiantil; entonces, el gobierno de Francia hostigó a los estudiantes hispanoamericanos. Mitre tuvo que abandonar ese país. Feliz retorno para nosotros.Puso en escena, en el teatro Adela Zamudio de Cochabamba, su poema escénico “Pastor de una ausencia”, que nunca fue publicado. 
 
“Morada” abre sus páginas con una cita de Octavio Paz: “es el centro del mundo cada cuarto”,verso muy significativo, por cierto, por cuanto el “cuarto” es la “morada” con la que Mitre anima recurrentemente  varios de sus poemas, pues de algún modo le hace dueño de un espacio recobrado, a fuerza de vivir de sus añoradas experiencias, entre las cuales están: su hogar, sus libros y autores favoritos. En cierto modo --como Proust-- toda su obra tiende a recuperar su tiempo pasado. Por una parte, Apollinaire y Huidobro le señalan una ruta que sería integrada con la presencia de Octavio Paz, quien, al leer“Morada”, le diría en una carta: “Es un libro precioso, hecho de aire y luz, hecho de palabras que no pesan, como el aire y que brillan como la luz. Un libro casi perfecto”. 
 
“Morada” es un libro de connotación ambiental, con palabras que no explican, pero dicen mucho. Todavía la nostalgia se extiende por sus páginas; nostalgia de lo que fue su vida, su familia, sus sueños y amigos, como el Chino Navarro, compañero del colegio La Salle, que sucumbió en la guerrilla de Teoponte. ¿Cómo olvidar ese punto de partida?; entonces, el poeta dice:
 
Solos
      Abandonados
El uno en el otro
Nuestros cuerpos
Cruzaron la noche
Sin nosotros.
 
Esa enajenación será superada después de su paso por Europa. Mitre tuvo que recalar en los Estados Unidos, obteniendo el doctorado en Letras, en la Universidad de Pittsburg; su tesis trataba de la poesía de Vicente Huidobro. Poeta y docente, Mitre ha enseñado en Columbia University (Nueva York), DarmouthCollege (Hanover, New Hampshire); de nuevo en Bolivia, por una corta temporada, dio clases en la Universidad Católica Boliviana (Cochabamba); asimismo,diseñó la Carrera de Letras en la Facultad de Humanidades de la UMSS (1979). Carrera que nunca se hizo posible, pues el golpe del 80 lo truncó todo, haciendo que Mitre  nuevamente se dirigiera a los Estados Unidos. Desde entonces, enseña Literatura Hispanoamericana en Saint John’sUniversity (Jamaica, Nueva York). Actualmente tiene su morada en Manhattan. Algo que es importante tener en cuenta es que Mitre no es poeta de concursos. Si algún premio lo distingue como uno de los mejores poetas de Hispanoamérica, se lo debe a sus lectores, críticos y editores. Precisamente la editorial Cormier de Bruselas  ha publicado dos antologías bilingües de su poesía: “Mirabilia”(1983) y “Chroniqued’unretour” (1997); sus poemas han sido incluidos en innumerables antologías de poesía hispanoamericana; además, varios de ellos han sido traducidos al inglés, francés, italiano y portugués. Es el único poeta boliviano que leyó sus versos en La Sorbona de París y en la Universidad de Granada. Julio Cortázar, uno de sus lectores de lujo, compara su universo estético con una constelación de estrellas. 
 
“Ferviente Humo” (1976) es un nuevo paso, donde los temas se desplazan de los objetos inanimados a personajes célebres, algunos de ellos de ancestral alcurnia; ficticios y reales, adquieren vida en un ritual creativo, donde las palabras cobran un significado esencial en el ámbito poético queva creando; inclusive hay una remembranza del altiplano donde se halla la ciudad de su nacimiento (Oruro). “Olvido y piedra” y “Pueblo”, son dos poemas señeros que salen con humo blanco para mostrarnos su singular estirpe poética. “Safo” es una afortunada apertura para ese libro y para lo que vendrá después,con sintaxis explícita:
 
SALVO de nombre, nadie me toca.
Palabras, no besos, van ajando mi boca.
En mi vientre, como en un cenicero,
el tiempo apaga las horas.
Como mi sombra, mi alma es impar.
No sé qué viento me abrazará
en mi única boda.  
 
Su paso a “Mirabilia” (1979) es una verdadera celebración de la palabra; precisamente la primera parte lleva el título de “Celebraciones”, comenzando con “El cuarto”, poema reminiscente, que culmina con la consagración de un poeta que, en el ámbito  de las odas nerudianas, muestra el prodigio de su arte, tan simple y llano en su desempeño. Ahí están: “La silla”, “La mesa”, “El sillón”, “El vino”, “La lechuga”; en fin, todo cuanto evocaese aposento y vivencia un sentido trascendente de su existencia, para acabar con este magistral “Versículo”: “Al polvo vamos, pero venimos del agua”. Desdeluego que Sáenz también tiene sus“Los cuartos” (1985), sólo que son desolados y umbríos. ¡Ah!, pero eso no es todo en Mitre; por cuanto, sin cambiar de estilo, la forma se proyecta al “Tríptico” elegiaco dedicado a la memoria del matemático Luis Frege. Luego viene el “Paréntesis”, donde todavía late la nostalgia de su morada; entonces, “Mirabilia”, nos abre; no, qué digo: nos conduce al Mitre supremo que empieza a narrar sus emociones. Aquí lo difícil se hace posible en el dominio verbal que denota; desde esa instancia su palabra se hace total, en tiempo y espacio. Cualquier poema vale, para señalar su singular existencia, inclusive en forma de prosa, a la mejor manera de Sáenz. Veamos “Sagitario”:
 
“Rostros en las ventanas y flores en las macetas. Brisa tibia y luz intensa. Sin rodeos: Primavera. Repentina como un lazo la envolvente extensión de una pradera. Por el verde, más que en sueños, palidece el ufano blanco de la estrella y la mitad que dividía lentamente cesa. Lentamente baja el arco que se deja caer sobre la hierba, y silbando felizmente, Sagitario se pone a caminar.” 
 
 
Y este libro se pone en camino con una parte consagrada--de nuevo, pero con más oficio--, a los caligramas, siempre motivados en su morada, hasta el último poema, que se da en un círculo compacto, al modo de los versos concretos de Gomringer, poeta boliviano de ascendencia germana. El cierre se da con “La estación serena”, donde de nuevo sentimos la nostalgiamitreana por la casa, los rostros y la “estación serena”, que no sólo esel otoño. Es su otoño. Su madurez. 
 
“Razón ardiente” (1980), es un extenso poema dedicado a su hermano Nazri, cuyo título sale de un verso deApollinaire; de algún modo este poema se hace histórico y comprometido con su tiempo y espacio territorial, además de su entorno íntimo. Se da en forma de epístola, con sintaxis abierta,  fechada en “París: Invierno de 1980”. Su destinatario está en sus:
 
“Queridos pájaros ausentes:
Barrios de nieve
Pinos
Pacientemente sentados
En la penumbra de un cuarto
A la luz de la lámpara
Solitaria”.
 
Entonces, la evocación también se da como un reclamo a la vida, imperceptible y subyacente, ensus circunstancias enaltecedoras:
 
“Como la kiswara en el Altiplano
Inclinado sobre la página
El vertiginoso pasado
La infancia: apenas un eco
Un silbido lejano
Un río de rostros distantes
O muertos.
 
“La patria:
Un río de nombres ensangrentados
No héroes ni hermanos:
Corderos sacrificados
Al buche de topes feroces
Renacerán con su pueblo:
¿Cuándo?”
 
 
En cambio: “Desde tu cuerpo” (1984), dedicado a Gabriel, su hijo, se da con un nuevo goce estético, coloquial e íntimo; de algún modo, aprendió a usar la diégesis lorquiana, que en él que cobra una ternura coloquial, poco usual en la poesía boliviana. Sáenz la tiene, extraña y funabulesca. En Mitre es el júbilo de la vida. “Desde tu cuerpo”, en sí es un poema cíclico --en cinco partes--, que se da como un preludio a “La luz del regreso” (1990), el más sentido y notable de sus poemariosdiegéticos. Es que hay una relación mística, filial, de padre a hijo, que se abre, de corazón sensible, para culminar, con idéntico acento, en el referente del hijo al padre, en “Yaba Alberto”. “Desde tu cuerpo” nos pasma con la proyección de sus sentimientos; comienza con la premonitoria mirada que devela una devoción que se hace mística, cuando dice:
 
“Me miras, hijo,
y siento que nos miramos
yo y el destino.
 
“Tu cuerpo es santuario.
Tú eres el santo
y yo me inclino.
 
“Te esperé mucho, te esperamos
como se espera los barcos.
Y llegaste de súbito
como los pájaros.”
 
Dulce presencia la del hijo que prolonga su festejo y gestación a su obra poética: “¡Aleluya! Mirabilia”, dice y el canto se gloria en una aliteración tamayana, para arrullar al hijo:
 
“Lloras. Mama saca mamas.
Mamas manan mana.
Mana saciaextasia.
Sueño baja, colma calma.
Mama guarda mamas”.
 
Ahora sí, después de seis años, la entrega del poeta se hace singular con “La luz del regreso”, donde hasta la muerte se cobija en un prodigio verbal. No sé cómo, pero Mitre logra manejar la diafanidad de sus escenarios en imágenes cristalinas como las aguas de un manantial.“Poeta de lo cotidiano”, lo llama Juan Malpartida. Pienso que es más que eso. La cotidianidad es transitoria y efímera. Mitre va a lo esencial del tiempo por el que transita, día tras día. Sáenz dice al respecto: “Qué día, qué hora, en qué lugar, habré encontrado este cuerpo y esta alma que amo”.  Nadie, si no Mitre, conoce los atributos de la lírica animada en hechos reales. Tal vez se le aproxime Antonio Ávila Jiménez, el poeta de “Las almas”, pero se queda en el umbral de los sueños. Mitre va más allá, mucho más allá, donde pocos poetas han atravesado el tiempo con tanta ternura, para tenerlo siempre, dispuesto, al alcance de su voz, en un hálito de vida, como un soplo o suspiro divino.
 
A propósito, ¿tendrá algún parentesco “Morella”, poema de Antonio Ávila Jiménez, con “Moreliana”, de Eduardo Mitre? Comparándolos, podríamos decir que sus autores se complacen con la palabra llana, sin ornamento retórico. Son líricos por naturaleza; sin embargo, cuán diferentes. Primero, para Ávila Jiménez todas las palabras tienen la misma alcurnia, de ahí que las escribe con minúscula y casi siempre concluye sus estrofas con puntos suspensivos. En “Morella” usa dísticos preferentemente octosilábicos de rima disonante. Veamos el canto V:
 
“morella viene en las noches
de las lámparas azules…!
 
“alta visión de misterio;
cuerpo esbelto sin substancia;
 
“morella es nieve en “el mar”
de un sueño de Debussy…
 
“cuando las aves nocturnas callan
morella dice el secreto sin palabras
 
“de las cosas
que serán siempre ignoradas…”
 
Mitre, en cambio, le da acción, en verso librede contenido nostálgico. Veamos el siguiente
fragmento:
 
“Recorriendo taciturno
las calles de Morelia,
recién abierta
la tajante herida de tu ausencia,
me pregunto a quién nombran,
ya vacantes,
los nombres de los muertos.”
 
“Yaba Alberto”, poema trabajado en cuatro estancias y varios cantos, parte con un encuentro que trasciende la anécdota. Los verbos, en presente, subyacen en un momento inolvidable, no solo para el poeta, sino también para quienes pudieron vivirlo. Fue un regalo de la vida que me hizo partícipe de ese encuentro, que Mitre lo evoca en cuatro instancias, comenzando con:
 
“Entro en el bar forastero
distante.
Pido una cerveza
y espero. Por fin
te veo llegar
delgado y lento
como eras,
como siempre serás.
 
“Vacilante
de la puerta miras:
Me reconoces:
Descienden 
los halcones
de tus cejas.
Pido otra cerveza.”
 
Recuerdo que su padre vivió un corto tiempo más, y así nació esta singular elegía, que en sí es un canto a la vida.
 
“El peregrino y la ausencia” es la culminación de este canto. Tal prodigio se da enraizado en los poetas del Siglo de Oro español y el singular arpegio de Jorge Manrique. El deseo, la promesa se da en el hijo que llega a la soñada  Granada:
 
“El viaje que tú y yo nunca hicimos
me ha sido dado este enero.
Óyeme, pues, yaba Alberto,
entrar por fin en Granada,
más que dichoso, perplejo
de ver cómo el destino
ata y desata
partidas y llegadas,
adioses y regresos.
 
“Pero ven tú conmigo; desanda
el oscuro silencio que nos separa
que cinco años de muerto
tampoco es tan lejos, yaba.
Ven conmigo
al menos en estas palabras
que de un peregrino son errante
y cumple tu deseo.” 
 
En diez cantos se da el gozo del eterno retorno; no eterno, porque no tuviera fin, sino porque siempre sería repetido. “La luz del regreso” es, como dice su título, el poema que mejor ilumina la complejidad de la nostalgia de lo que uno deja y, luego de un tiempo, se recupera con un retorno que nos lleva a las entrañas del pasado. Tal vez la imagen que mejor expone ese retorno está en el último canto, signado con un verso de Octavio Paz: “Encontrar la salida: el poema”, dice, ante lo intrincado de ese tiempo revivido que, aunque, incompleto o enredado, se salva en la palabra iluminada, es decir, en el poema. Transitando por un nocturno de sangrías, el poeta dice con desplazamiento modernista:
 
“Bajo la misma luz de la infancia
encorvado
por el frío de los años
sobre la página
a la intemperie
la memoria tatuada
por lo amado y perdido
busco el poema:
tenue hilo de Ariadna.”
 
 
En “Líneas de otoño” (1993), el oficio del poeta se da con nuevos recursos. A esta altura Mitre no sólo es un hombre mayor, conocedor de los innumerables secretos de la vida, sino también un consumado esteta; sin embargo, no sale reflexivo y sereno a la manera de Neruda y su “Memorial de Isla Negra”, sino que tiene la serenidad y la sabiduría del viajero que está cerca a la meta. Estos poemas son el preludio para lo que vendrá a partir de “Camino de cualquier parte” (1998). Próximo a acabar el siglo XX, para ingresar, además, en un nuevo milenio, Mitre, que ya ha cumplido con gran parte de su cometido poético, cada vez más solo, no cesa de soñar con los paisajes de su memoria.“El viento”, es un prodigio hecho de palabras, desde su gestación:
 
“Pasa por la calle.
como al comienzo:
camino a cualquier parte.”
 
¡Oh! Lo que viene después no es para pergeñar en unas cuantas líneas. Cada poema conforma una entidad de emociones, donde hasta la fantasía se hace realidad; en cierto modo, el poeta ha llegado a la cima de su canto. Hay que leer el soplo de ese vientovarias veces para sentirlo, en cada uno de sus impulsos. Podemos afirmar que hemos llegado a la suma poética de Mitre. Ese “Viento”, trasciende las imágenes borgianas:
 
“Sembrador de reflejos,
segador de miradas,
pasa por los espejos
sin que le vean la cara.”  
 
Es el viento mitreano y sólo puedo ofrecerles estos fragmentos para comprender la notable producción de este poeta. Todo lo que vimos emerge de una epopeya de lo cotidiano,que se concreta en una visión peculiar de los elementos de la vida. Veamos otro fragmento más, quese complementa con otros poemas (“Cielo”, “La lluvia”, “Verano”) que también surgen con la fuerza evocativa de sus elementos:
 
“Pisa el pasado y camina
--a zancadas—
por los techos de calamina
de la infancia.
 
“Entra en el Altiplano: descarga
la luna, una cesta de astros,
y se lleva las nubes
y el tiempo en la espalda.”
 
 
“Obra Poética (1965-1998)es un compendio de momentos vividos. Es como una singular vía en ocho estaciones, por donde transitamosen un recorrido de 33 años. Gratos y memorables en este libro. Para concluir, sólo me resta añadir que dos momentos más forman parte de estos poemas, con exclusividad, a pesar de haber andado sueltos. Aquí permanecerán, señeros, pulcros y oportunos, para señalar la ruta del poeta. Hablo de dos poemas: conmemorativo, uno de ellos: “Carta a la innombrable”, que se da como un saludo reverente a la obra de Juan Rulfo, y “Testamento”, reflexivo, filial, dirigido a sus hijos.Todavía hay tanto por decir; sin embargo, ahora yanos encontramos dispuestos a desplegar “El Paraguas de Manhattan” (2004) e ingresar, luego. en sus “Vitrales de la memoria” (2008) y“Al paso del instante” (2009) que,Dios mediante, serán motivo de otro encuentro.
 
 
 
 
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